Luis Pestarini
Es
extraña esta novela. Es extraña porque cuesta entrarle, y al terminarla queda
la melancolía de haber vivido en un mundo que ya no está. Porque junto a sus
golpes bajos (aunque sean los golpes bajos que da la vida, siguen siendo golpes
bajos), hay momentos hermosos y conmovedores. Porque aunque harta un poco con
su insistencia en el sexo, casi siempre descrito como algo un poco grotesco,
cuando no perverso, tiene una belleza inusual en las palabras que le dan forma.
Y también porque aunque los niños de once años que la protagonizan no parecen
tener esa edad, atisbamos la profundidad de su ser.
Los niños
transparentes se abre con un partido de fútbol barrial y con un
secreto. El compás de la historia lo marca Sol de América, un equipo formado
por niños que viven como adultos, que participa en un campeonato local. Sin ser
una novela sobre fútbol, este deporte está presente todo el tiempo: los
integrantes del equipo conforman un grupo que compartirá un secreto que les
permite volar y ser transparentes, incorpóreos. Sus vidas son las vidas de los
hijos de los obreros devenidos desocupados tras la década infame de los ’90, en
hogares mantenidos con el rebusque y en los que el tormento no es sólo
económico: no escasean los familiares borrachos, golpeadores y pervertidos.
Pero el partido del fin de semana y el nuevo don recibido borran toda miseria.
Narrada
en oraciones, párrafos y capítulos generalmente cortos, Los niños
transparentes presenta una cantidad de elementos que no la vuelven compleja
sino rica. La sencillez con que se narra, una sencillez seca pero elegante,
permite frases cortas que sugieren mucho: junto a la canchita de fútbol está el
campus de una universidad, “Desde el barrio se veía, entre la bruma, la
universidad como un lejano barco. Jamás nadie había estado allí.”
La
novela presenta momentos duros y frecuentados del terrorismo de estado, casi
inevitables en la literatura argentina contemporánea, pero es a la vez una
crónica costumbrista y un mural fantástico y mitológico, rebosante de símbolos.
Y en el contraste lo fantástico se torna central, como el alga gigantesca,
consciente, que aguarda frente a la costa de Buenos Aires, esperando para
alimentarse de mujeres jóvenes y acechando a la ciudad. O la viva secuencia
donde los niños se encuentran en el Buenos Aires invadido por los Manos de El
Eternauta, donde la nieve siembra muerte. O la batalla en los cielos de la
ciudad entre dos niños como dioses del Olimpo, violenta y pura.
La novela es audaz porque se
atreve a combinar planos y elementos que no suelen entrecruzarse, pero también
exige del lector la misma audacia, que se despegue de las fórmulas habituales.
No es Los niños transparentes una lectura árida, pero por momentos
cuesta entrar en su ritmo, superar algunos disgustos. Es la primera novela de
Jorge Huertas, reconocido autor teatral. El pulso teatral se nota en los
diálogos, en las descripciones breves y en la representación ‘escénica’ de
ciertas situaciones, como el grito de la madre cuando están por profanar la
sangre de su hijo en la canchita. Huertas ama a sus personajes y sus luchas, y
el lector puede sentirse tentado a hacer lo mismo.
Los niños transparentes, por Jorge Huertas.
Buenos Aires: Biblos, 2005. 214 p. (Narrativa) $ 29.-