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FALLIDOS Y GAZAPOS EN LA CIENCIA-FICCIÓN, por Luis Pestarini
Publicado el Jueves, 28 junio a las 20:51:45
Artículos

En la edición de libros y revistas de ciencia-ficción, en español y también en inglés, suelen encontrarse errores de todo tipo, aunque en los últimos años esta tendencia se ha ido corrigiendo. En este breve artículo repasamos algunos de los más divertidos.



Fallidos y gazapos en la ciencia-ficción, por Luis Pestarini

La precariedad y el descuido con que a veces se publica ciencia-ficción ha permitido que ciertos fallidos y gazapos, que no deberían haber visto la luz, llegaran a los ojos de los lectores. La falta de rigor de algunos editores, la torpeza producto del cansancio o el sencillo error humano hicieron que algunas de estas erratas se convirtieran en auténticos despropósitos.

Aquí ofrecemos una breve lista de estos ocasionales deslices, algunos integrados ya al acervo de anécdotas del fandom mientras que otros son expuestas aquí por primera vez. Las hay que demuestran que detrás del error hay oscuridad e ignorancia, mientras que otras son fruto de mentes habitualmente lúcidas. Y para comenzar, justamente, una perlita del mejor pensador que tiene la ciencia-ficción en español: Pablo Capanna.

Analizando —o más bien despedazando— El único enemigo: el tiempo, de Michael Bishop, en la revista Minotauro 5 (2ª época), pág. 19, Capanna afirma:

“La novela de Bishop obtuvo el premio Hugo de 1982, lo cual no sólo lleva a dudar del Hugo (es sabido que el Nebula es mucho más confiable) si no de la creatividad en la ciencia-ficción actual.”

El caso es que el premio Nebula suele ser más confiable que el Hugo, como afirma Capanna, pero no ha elegido el mejor ejemplo: la novela de Bishop ganó el Nebula, no el Hugo, para el que ni siquiera estuvo nominada. O sea que es un buen contraejemplo de lo que afirma ¿o no?

Más singular es el caso de Fernando Madrazo Palacio, que en su artículo “Sheri S. Tepper. ¿Nazismo feminista en la ciencia ficción?”, publicado en BEM (nº 56, abril-mayo de 1997, pag. 17), afirma: “... podríamos compilar una lista de las autoras femeninas de ciencia-ficción desde Shelley hasta Le Guin que no sería muy larga, y en la que no nos olvidaríamos prácticamente de nadie: C. L. Moore, André Norton, Keith Laumer, Joanna Russ, Marion Zimmer Bradley, Kate Wilhelm (cuya novela Donde solían cantar los dulces pájaros fue el primer premio Hugo de novela ganado por una mujer) y, por fin, Ursula K. Le Guin”.

Ya es un hallazgo esto de autoras femeninas (¿habrá otro tipo de autoras?), pero los gazapos  de relevancia son otros. Keith Laumer ya no puede quejarse pues hace años que no cuenta entre los vivos, pero seguramente se sentiría muy incómodo en esta lista, porque si bien mamá y papá le pusieron un nombre de género indeterminado, él siempre jugó del lado de los varones. ¡Ay, ese vicio de poner ejemplos por poner! Pero Madrazo bate el récord de desatinos en un párrafo: Wilhelm no fue la primera mujer en ganar un Hugo en la categoría novela, cuando lo hizo Le Guin ya tenía dos en ese rubro.

La facilidad de algunos para poner los dedos sobre el teclado para hacer enumeraciones debería ser contenida de alguna manera. Sino, adviertan lo que sigue de la siempre fértil pluma de Miquel Barceló, conocido aficionado español y director de la colección Nova de Ediciones B:

“Para mí tienen valor o interés literario algunas obras (que no todas...) de Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Pedro Páramo, Carlos Fuentes, Miguel Delibes, Manuel Vázquez Montalbán y varios más, por citar sólo autores que escriben en español.” (en Asimov Ciencia Ficción 14, diciembre 2004, pág. 182.). Vale preguntarse aquí qué obras de Pedro Páramo le han caído a su gusto. ¿Juan Rulfo?

Ahora, un delicioso gazapo científico, de El corazón del cometa, de David Brin y Gregory Benford (Barcelona: Acervo, 1987):

“—No estamos muy lejos —convino Carl—. A treinta U. A.(1) de distancia. Tiene que ver nuestro sol. Ahora no es mucho más brillante que la luna llena en una noche del desierto”. Y en la nota al pie se lee: “(1) U. A. Unidad Angström. Se emplea en la medición de longitudes de onda de luz y otras radiaciones (N. del T.)”

El ångström es una medida para registrar distancias moleculares equivalente a la diez mil millonésima parte de un metro: a treinta ángstrom del sol más que verlo, se hubieran freído en el instante. Claro, U. A. corresponde a unidad astronómica, aproximadamente la distancia media entre la Tierra y el Sol. Por si acaso, los traductores fueron dos: J. Sampere y A. Herrera, cosa de que se puedan culpar mutuamente.

Pero si hablamos de resbalones del sentido común (más que científicos), es ingenioso éste que nos hizo llegar Ricardo Castrilli. La historia gira en torno al contacto de dos razas, la nuestra y los reverenciados T’sai, que le imponen una prueba a nuestros congéneres: “Tenéis hasta la puesta del sol en el planeta Régulus al que os dirigís, unas doce horas a partir de ahora, por vuestro tiempo.” Esto se lee en la página 183 del cuarto volumen de Imperios galácticos, una antología preparada por Brian W. Aldiss, y corresponde al relato “Los intrusos”, de Roger Dee, de 1954. Dee (Roger Dee Aycock, 1914-2004) fue un escritor del montón, prolífico a comienzos de los ’50, que probablemente sólo sea recordado por presentar un planeta en el que, contra las leyes de la lógica y de la física, el sol se pone simultáneamente en toda su superficie. ¿O será un mundo unidimensional?

Claro que si algunos pecan por violar leyes naturales sin sentir culpa, también ocurre lo contrario, como es el caso de Larry Niven, un adalid de la rigurosidad científica. Sino, lean el texto que abre Un mundo fuera del tiempo: “A quien posea una primera edición de Ringworld [Mundo Anillo]: consérvela. Es la única versión en la cual la Tierra gira en dirección equivocada (Capítulo 1)”. El bueno de Niven no debe haber pegado un ojo hasta que corrigió el error en una nueva edición, pero ¿alguien más se habrá dado cuenta?

Una todavía más sutil, que ha pasado desapercibida hasta ahora y cuyo responsable no soporta más el secreto y por ello nos lo ha confiado para su divulgación, es la siguiente: en inglés, en la serie Heechee (‘Pórtico’), de Frederik Pohl, a partir del segundo volumen aparece un personaje llamado Whitenoise, pero el corrector, Juan Carlos Planells, lo leyó como Whitenose y lo convirtió en Narizblanca en lugar de Ruidoblanco. El error nació en la edición de Ultramar y subsiste en la de Ediciones B. Ya va siendo hora de que lo corrijan, o habrá que excomulgar a Planells.

Para concluir este repaso un clásico que ya ha tomado rango mitológico, al punto en que algunos no creen que exista. Pues bien, se puede verificar en el número 11 del Isaac Asimov’s Ciencia Ficción, que editó Picazo a comienzos de los ’80, en la pág. 62. Allí se lee:

“... publicó la primera novela de Edgar Rice Burroughs, Bajo las lunas de Marte, y después Tarzán de los Alpes...”. El lector distraído podría pensar que se trata de una de las tantas novelas escritas por Burroughs que hicieron mundialmente conocido el taparrabos, pero no, es que ‘apes’ (monos) aquí mutó en montañoso significado. El perpetrador de esta acción que debería estar tipificada en el Código Penal es Miguel Giménez Sales, cuyas traducciones por sí mismas valdrían un número especial de Cuásar.

Hasta aquí llegamos con los gazapos y fallidos en esta ocasión. Gracias a Ricardo Castrilli, Juan Carlos Planells y Juan Carlos Verrecchia por la asistencia. Con la colaboración de los lectores podemos seguir sumando ejemplos y adicionar otra columna en un número futuro.

 

© 2006 Luis Pestarini. Publicado en Cuásar 44

 
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