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¿Qué es Cuasar?

Cuasar es una revista de ciencia ficción y fantasía que se publica desde 1984 en Buenos Aires, Argentina. En sus páginas se pueden encontrar cuentos, ensayos, informaciones y comentarios bibliográficos, inéditos en español, de los grandes maestros del género y de las nuevas voces.

No tiene fines de lucro pero se realiza según criterios profesionales. Está abierta a la colaboración de los lectores; las contribuciones no son retribuidas económicamente. Los autores retienen la totalidad de los derechos sobre su obra.

Este sitio es un reflejo de Cuasar en su versión impresa sólo en cuanto a las características de su contenido, pero comprende material original y, por otro lado, no incluye más que algunos de los textos publicados en la edición en papel. Tanto el sitio como la edición impresa está coordinados por Luis Pestarini. El e-mail para ponerse en contacto es: cuasar@ciudad.com.ar. Por vía postal: C. C. 5026 (1000) Buenos Aires, Argentina.



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Literatura Fantástica


 
LA VIZCACHERA, DE RICARDO GABRIEL ZANELLI
Publicado el Jueves, 24 abril a las 17:30:27
Cuentos

Ricardo Gabriel Zanelli nació en Rosario, Argentina, en 1962, pero hace cuarenta años que vive en Córdoba, donde ejerce su profesión de abogado.  Es autor de La ruleta rusa del tiempo (cuentos, 2004) y de otros relatos y artículos, algunos de ellos publicados en la versión impresa de Cuásar. En “La vizcachera” combina con ingenio dos géneros aparentemente incompatibles: el relato gauchesco y la ciencia-ficción.



LA VIZCACHERA, por Ricardo Gabriel Zanelli

...y un camino largo, que baja y se pierde

Paisaje de Catamarca. Zamba

 

 

 

“Siga nomás para el sur”, le había dicho el pulpero, “y a unas diez leguas se va a topar con el fortín del comandante Machado. Pero cuidesé, mi amigo”, había agregado el pulpero: “La llanura es interminable, y el camino, traicionero. Sobre todo cuide al alazán porque hay mucha vizcachera”.

Que el camino fuera traicionero no era ninguna novedad para Gaudencio Alfano, ex convicto por contrabando y héroe de la Campaña del Desierto. El mismo Roca lo había condecorado: “Su coraje es admirable, soldado. Voy a recomendarlo”.

Gaudencio se había aprovisionado para el largo viaje: charque, tabaco del fuerte, un par de petacas con ginebra, agua en abundancia y un fardo de alfalfa para el caballo. Al alazán lo había pagado a buen precio y en el porte se adivinaba al animal de raza.

Alfano había agradecido al pulpero y luego lo despidió con poco aspaviento. Montó el alazán, se acomodó el abrigo y se calzó el chambergo, también adquirido en la pulpería. El día había amanecido frío por el aliento del sur y lo sintió en su rostro apenas el caballo comenzó a andar a tranco lento: instintivamente bajó el ala del chambergo y levantó el cuello del abrigo.

Media hora más tarde, o poco antes o después, ya el pueblo había desaparecido de las espaldas de Alfano, que se había vuelto a mirar por sobre su hombro. “Estamos solos, ahora”, le dijo al alazán, palmeando cariñosamente el magnífico cogote del animal. “No me afloje, compañero”.

Era casi mediodía cuando salió del pueblo. Ahora, la luz diurna iba declinando. Una densa capa de nubes resistía los embates de sol y la grisura del cielo teñía el suelo árido. Un inopinado relincho del caballo rescató a Alfano de un silencio de horas: la cadencia del trote ya se había incorporado al paisaje, volviéndose imperceptible.

Cuando cayó la noche, Gaudencio Alfano disfrutaba del crepitar y la lumbre de un buen fuego y saboreaba un ración de charque. A unos pocos metros, el caballo mansamente comía alfalfa. Un sorbo de ginebra reconfortó el alma de Alfano que se disponía a dormir, la llanura inmensa cobijándolo. Hombre curtido y al que no le faltaron entreveros en su vida, repentinamente se sintió atemorizado y se vio a sí mismo como una pequeñez. Reflexionó que para un solo hombre la llanura debía de ser un mar sin fin. Interminable, como le dijo el pulpero. El silencio le pareció ensordecedor y nada podían contra esa sensación la monótona melodía de la llama que brotaba de la fogata, tan ajena a sus temores, ni el ritmo afiebrado de su corazón. No podía pegar los ojos. Creía que todo, o la nada que lo rodeaba, era una amenaza insidiosa.

Cuando quiso acordarse, advirtió que al fin se había quedado dormido y que ya había amanecido. Padecía de un frío intenso: debió reconocer que llovía empecinadamente. El fuego era sólo una piltrafa y Gaudencio sintió un regusto amargo en la boca, como cuando se ha tenido un sueño poco acogedor. Pero sólo recordaba haber experimentado una suerte de vértigo agudo.

De mala gana se incorporó, reunió sus pertrechos  y montó el alazán, que soportaba estoicamente la porfiada lluvia. Alfano dio un vistazo a su alrededor y luego retomó el andar, a paso lento. “Si el camino se bifurca”, le habían dicho, “tome siempre hacia la izquierda”.

El viaje comenzaba a tornarse pesado porque al caballo le costaba avanzar en un terreno fangoso, si bien no aminoraba la marcha. Al cabo de un buen rato, se topó al fin con una bifurcación. Recordó el consejo recibido y se dispuso a seguirlo. Pero, repentinamente, sintió desconfianza. Los años, la vida agitada y el mezclarse siempre con gente de poco fiar, lo habían vuelto arisco, áspero, aprensivo. Y esa vida le había enseñado también que antes que los consejos ajenos, mejor era seguir las propias corazonadas. En consecuencia, aunque no sin vacilar, decidió tomar el camino de la derecha, que, a primera vista, aparecía como en mejores condiciones. De todos modos, no dejó de sentir alguna preocupación: no conocía esos parajes de la llanura y los consejos le habían sido dados de buena voluntad. Para tranquilizar su conciencia se dijo que, de cualquier manera, seguía viajando hacia el sur. Se trataba empero de una vana justificación: no sabía en verdad cuánto se desviaba el camino más adelante y, además, las nubes le impedían orientarse con exactitud. No obstante estos reparos, siguió su andar y un trecho más adelante el cielo se despejó un poco, asomando algunos rayos de sol. Vio entonces que iba en la dirección correcta, lo cual le dio cierta confianza en sí mismo. Pero la buena estrella duró poco: detrás de un peñasco apareció una serpiente. El alazán se encabritó, relinchó espantado y Gaudencio fue a dar con la osamenta contra el suelo parejo y, aun húmedo, endurecido. Mientras se incorporaba dificultosamente, vio cómo el caballo se desplomaba sobre uno de sus flancos y comprendió que la noble bestia había sido mordida por la serpiente. Alfano extrajo entonces su revólver: con rabia destinó una bala al reptil. Otra fue, con impotencia y dolor, para el magnífico caballo, que agonizaba. Cuando el retumbar de los disparos cesó, Gaudencio Alfano oyó el silencio absoluto: ya no lo acompañaban los esporádicos relinchos del alazán, ni siquiera sus resuellos. Instintivamente alzó la vista hacia el cielo, como buscando una explicación para el infortunio, pero sólo encontró, naturalmente, la coraza de nubes que nuevamente se interponía entre él y la eternidad. Dedicó una última contemplación al caballo y luego siguió su camino a pie. “Qué remedio me queda”, reflexionó.

No había andado mucho todavía cuando se desató una tormenta violentísima. Pronto diluvió y sólo asiduos rayos y relámpagos iluminaban el cielo, que había oscurecido. Alfano continuó un trecho pero pronto comprendió que no podía hacer pie. En medio de la lluvia enmarañada, alcanzó a vislumbrar un grupo de grandes rocas a la vera del camino, a no más de unos pocos metros. Vio que entre ellas podía guarecerse y taparse con el abrigo hasta que el aguacero amainara. Así lo hizo, a duras penas. Chorreando agua, se acurrucó cubriéndose con el abrigo, pero cuidando de que no se volara con el fuerte viento que ahora había comenzado a soplar.

Perdió la cuenta de cuánto tiempo estuvo casi ahogándose, a merced del vendaval y del diluvio. Cuando por fin amainó vio, gracias a que las nubes comenzaban a retirarse, que estaba anocheciendo. No obstante, debía continuar: no podía permanecer en ese lodazal. Pero advirtió pronto un nuevo contratiempo: el abrigo mojado pesaba una enormidad para cargarlo a pie, de modo que decidió abandonarlo. Continuó apenas con su revólver y los pocos víveres que aún le quedaban secos.

Cuando la noche volvió a reinar sobre la llanura, sólo atenuada por una enorme luna nueva, Alfano ya había alcanzado tierra seca. Apenas pudo encender fuego y comer algo de charque, porque, casi sin que se diera cuenta, cayó dormido, exhausto.

Al día siguiente lo despertó el frío: estaba aterido. Estaba acurrucado y peligrosamente cerca del fuego, al que evidentemente se había ido acercando de manera instintiva durante el transcurso de la noche, y del que sólo quedaban unas pocas brasas. Se levantó casi con la voluntad anulada, pero le sorprendió sentir que las fuerzas volvían a él. El sol radiante lo puso de buen humor. Desayunó un par galletas que, o por suerte o por obra de la Providencia, no se habían mojado. Rato más tarde retomó el camino.

A poco de andar, nuevamente una bifurcación. En un primer momento pensó en seguir esta vez el consejo original, pero una combinación de orgullo —u obstinación— y de una suerte de inercia mental, lo llevaron a perseverar en su anterior decisión: tomó otra vez el camino de la derecha, un camino que tenía una pendiente suave y se mostraba un poco más ríspido.

El sol apretaba más y más a medida que se acercaba al cenit. Ya cerca del mediodía, Alfano experimentó un sordo estremecimiento del suelo que, en apariencia, cada vez se hacía más intenso. Procedió a la usanza del indio: pegó una oreja contra la tierra áspera: no le quedaron dudas entonces de que se acercaba un malón. “Es extraño”, se dijo, “Roca hizo bien su trabajo”. Una idea febril, tal vez preñada por la soledad y el solazo, pasó fugazmente por su mente: quizás se tratara de un fantasma de la indiada. Pero la imagen se desvaneció pronto: el temblor del suelo no dejaba lugar a dudas y algo indefinible comenzaba a formarse en la línea del horizonte: primero la polvareda, luego las siluetas apenas delineadas. Gaudencio Alfano sintió una súbita desesperación y quiso escapar, pero comprendió que era una necedad: no tenía lugar de escape ni modo de defensa. Resignado, se sentó en el suelo a esperar. Reconoció que el terror lo invadía y que las sienes le latían aceleradamente. Aun así, hizo un esfuerzo para serenarse: “En una de esas me ignoran y pasan de largo”, se dijo para sí.

No mucho después, tenía al malón encima: era más numeroso de lo que había imaginado. Pasaron a su lado casi sin prestarle atención. Sólo el que aparentaba ser el cacique le dedicó apenas una mirada torva. Pero uno de los últimos indios, que había pasado de largo como todos los demás, de repente volvió grupas, a paso lento. Alfano se sorprendió de esa actitud, pero al fin creyó recordar que alguna vez se habían cruzado. La sola mirada del indio le dio una idea cierta de sus intenciones: por la mente de Alfano pasaron raudamente imágenes de la campaña: violentísimos enfrentamientos con los indios, la quema de sus tolderías y el abuso de las mujeres por parte de soldados casi siempre ebrios para poder soportar los rigores padecidos. Una de esas mujeres se reflejaba en el odio de la mirada del indio. Alfano no tuvo tiempo de extraer el arma: ya el indiazo volaba desde su montura para caer sobre él. Forcejearon un rato en el polvaredal pero era imposible para Alfano vencerlo: la fuerza de su oponente era formidable. No le extrañó entonces que, en determinado momento de la pelea, se viera levantado en vilo sobre los poderosos brazos del indio. Fue lo último que recordaría: desde esa altura fue dejado caer. Golpeó la cabeza contra el suelo y sintió que su conciencia se alejaba y finalmente se perdía.

Cuando al fin volvió en sí, sintió el sol castigándole la piel y un tirón en piernas y brazos: un poco nebulosamente todavía, Alfano vio que el indio lo había estaqueado. Forcejeó un instante, pero comprendió que era inútil: los tientos estaban asegurados como para que Gaudencio se pudriera allí.

Pasaron horas. Gaudencio creyó que el sol iba a hacerlo arder. Comenzó a entrever sombras en el cielo dando vueltas en círculo. Súbitamente vio que una de esas sombras aladas era su caballo muerto que venía a salvarlo, pero, al tocar tierra, lo pisoteaba rabiosamente hasta deformarlo en una pulpa irreconocible, relinchando como si se tratara de una tropilla entera. Y el relincho comenzó a perderse, transformándose en palabras al principio ininteligibles pero enseguida reconoció que reproducían más o menos las del pulpero advirtiéndole que tomara siempre el camino de la izquierda porque el de la derecha lo iba a llevar hasta la jeta del mismísimo Mandinga. Pero esto último no lo había dicho el pulpero: o bien era una invención del sueño febril de Alfano, o bien el hombre se había cuidado de decírselo y él simplemente lo adivinaba en el recuerdo deforme de las facciones tal vez maliciosas del pulpero. Y las palabras formaron un eco, una letanía, que se repetía una y otra vez, desdoblándose nuevamente en el relincho del alazán.

La lluvia, que otrora casi había ahogado a Alfano, corrió ahora en su ayuda: un nuevo diluvio lo despabiló, arrebatándolo de su delirio. Aliviado momentáneamente pero asimismo desesperado, Gaudencio Alfano comenzó a sacudirse convulsivamente buscando zafarse de los tientos. Pero era en vano. Abatido, descubrió no obstante que el indio, o por compasión o bien para torturarlo aún más, había dejado su facón a cierta distancia de su mano derecha. Una esperanza alumbró en el cerebro de Alfano: estiró su mano sujeta de la muñeca para tratar de alcanzar el cuchillo. Era inútil: no podía agarrarlo. Perseveró y por fin, luego de desfallecientes esfuerzos y nuevamente ayudado por la lluvia, que había ablandado un tanto los tientos resecos por el sol, Alfano pudo alcanzar el facón con las puntas de los dedos. Luego, con otro supremo esfuerzo, dada la incómoda posición, logró cortar uno de los tientos, luego los restantes y pronto se vio libre. Tenía agarrotados los músculos de todo el cuerpo y la cabeza le pesaba como una piedra. La lluvia arreciaba nuevamente y, para colmo de males, Alfano descubrió que el indio se había llevado su revólver, los pocos víveres y el resto de sus pertenencias. Maldijo al destino pero, tal vez por instinto y por su orgullo herido, se calzó el facón en la cintura y retomó su accidentado camino. Un primer impulso casi lo lleva a perseguir al indio y vengarse pero recapacitó y desechó la idea por inútil. Al rato de andar, la lluvia había cesado y había asomado el sol. Encontró un ceibo pequeño, se echó bajo su sombra y se quedó dormido.

Un sonido como un trueno prolongado lo despertó. “Otra tormenta”, pensó, pero pronto vio que se trataba de una tropilla de caballos salvajes. Se incorporó en el acto, pensando que quizás pudiera apoderarse de alguno. La tropilla se dirigía hacia donde él se encontraba. Se acomodó detrás del ceibo. Cuando la tropilla estuvo encima, giró hacia la izquierda de Alfano. Eran unos treinta. Cuando pasó el último, que iba rezagado, Alfano se prendió de las crines y de un salto lo montó. Era un zaino de hermoso pelaje y soberbio porte. En cuanto lo tuvo encima, el animal comenzó a corcovear, pero Alfano era diestro en la doma. Al cabo de un rato, el zaino trotaba dócilmente. El único inconveniente era que debía montarlo en pelo.

Aprovechando el sol que lo orientaba, Alfano galopó raudamente con rumbo sur en un intento por recuperar el tiempo perdido.

Pasado el mediodía, debió aminorar la marcha: reconoció que transitaba una zona de vizcacheras, otra de las advertencias del pulpero. El zaino iba al paso, cuidando de no meter las patas en los traicioneros agujeros. “Malditos bichos”, masculló Alfano.

Al rato tuvo que admitir que la vizcachera era más extensa de lo que en principio había creído. Incluso advertía cómo a medida que avanzaba, la vizcachera se mezclaba con un lodazal. “Esto no me gusta”, se dijo para sí: “dónde se han visto vizcacheras y ciénagas juntas”. Al cabo de esta reflexión, el zaino relinchó feo, dio un corcovo, levantó las patas delanteras en actitud rampante y, sin que Alfano pudiera reaccionar, bestia y jinete   desaparecían de la superficie, dejando como rastro un borbotón de barro. Una oscuridad pegajosa y húmeda asfixiaba a Gaudencio Alfano pero, increíblemente, no lo ahogaba ni a él ni al caballo, aun cuando era evidente para él que se deslizaban hacia abajo.

Pasaron unos instantes durante los cuales no se soltó de las crines del zaino. Al cabo, Alfano creyó ver en medio de la tiniebla de barro una tenue claridad abajo, hacia donde aparentemente caía. Pensó en una esperanza pero, repentinamente, experimentó una aguda sensación de vértigo en el estómago, como si su caída se acelerara. Se aferró ahora con todas sus fuerzas al cogote del animal y creyó que el barro finalmente iba a ahogarlos a ambos. Perdió la noción de la realidad.

El terror se apoderó del alma curtida de Alfano cuando una nueva sensación lo agobió: la claridad que había creído percibir debajo (si es que esta expresión tenía sentido) había desaparecido. Llegó a aceptar que, o ése era el fin, o bien que había muerto y que ahora estaba en el otro mundo. Pero, repentinamente, la singularidad de su situación comenzó a dar indicios de algún cambio. Sentía ahora la presión hacia arriba del caballo entre sus piernas, como si una fuerza ascendente estuviera amortiguando la caída. El freno fue haciéndose más evidente a cada momento, hasta que, por unos segundos, tuvo la agradabilísima ilusión de que tanto él como la noble bestia eran tan ligeros como plumas, perdiendo por completo cualquier certeza sobre qué estaba por arriba o por debajo. Y, sin que pudiera preverlo, una claridad grisácea y tenue lo rodeó hasta que, por fin, debió admitir que estaba emergiendo de la ciénaga, si eso tenía sentido. Con un poco de esfuerzo, pudo aferrarse a unas matas que formaban un arco a un lado del lodazal. Cuando por fin pisó tierra firme, advirtió con sorpresa que el zaino, pastando de las matas, lo miraba, mientras el barro que lo cubría se le secaba al sol, un sol que a Alfano le pareció un poco más grande de lo habitual y de un tono más intenso. “Debe de estar atardeciendo”, pensó. Pero el sol rojo estaba en el cenit.

Una vez se irguió definitivamente, sintió un mareo irresistible que lo hizo vomitar de forma violentísima. Por un instante pensó que se le iba a salir el estómago por la boca.

Un poco más tarde, ya repuesto y mientras un débil hilo de agua cercano le servía para adecentarse un poco, se preguntó si el lugar del que había emergido era el mismo pantano donde había comenzado su última penuria, porque debía de admitir que no lo reconocía. Un temblor le recorrió la espalda. Justo en ese momento oyó un espantoso relincho del caballo. Giró sobre sí y vio al zaino atemorizado: un enorme tigre con dos colmillos superiores desproporcionados, que parecían filosos como sables, estaba agazapado a punto de saltar sobre él y destrozarle el cuello. Dentro de su pavor, pensó: “Demasiado grande para ser un puma, a pesar de tener el mismo pelaje. Y esos colmillos...”. Se  palpó la ropa, a la que ya se le había resecado el barro, y encontró el facón. Lo tomó por el filo y apuntó al cogote del tigre. Era la única opción que tenía para salvar al caballo y a sí mismo. El pulso le temblaba pero debía acertar. Justo cuando el tigre iba a dar el salto sobre el zaino, el puñal silbó en el aire y al fin se clavó detrás de una de las orejas del animal, que se derrumbó como si lo hubiera fulminado un rayo. Con cautela, Alfano se acercó y comprobó que el tigre había muerto. Era una animal de casi tres metros contando desde la cabeza a la grupa. Nunca había visto uno así. Luego le costó trabajo extraer el puñal ensangrentado.

Sin saber muy bien dónde se encontraba, montó el zaino y rumbeó para el sur. Al cabo de un rato, se le presentó una bifurcación del camino, pero esta vez no dudó y enderezó el caballo hacia su izquierda. “Ya tuve demasiado”, pensó.

Cuando caía la tarde y el sol se veía increíblemente grande y rojo, vio la silueta de lo que parecía un fortín. Al cabo de un trote liviano del zaino, Alfano creyó llegar al final de su accidentado viaje. “Por fin”, suspiró.

El centinela lo interpeló. Respondió:

—Mi nombre es Alfano. Gaudencio Alfano, del 5º Regimiento de Infantería. Traigo una recomendación para entrevistarme con el comandante Machado.

Al centinela no pareció sonarle familiar este nombre.

—Aguarde un momento —dijo, y llamó a otro soldado y le dijo algo al oído. Al cabo de unos momentos, este último regresó junto al que parecía un oficial de alto rango. Alfano, se apeó, se cuadró e hizo la venia a pesar de llevar descubierta la cabeza. El oficial, con un rasgo de desconfianza en el rostro, tal vez por la apariencia ruinosa del recién llegado, devolvió el saludo con cierto desgano y dijo:

—Capitán Beresford, a sus órdenes. —Parecía haber un tono de sorna en su voz—. ¿Dice usted que busca a un tal comandante Machado? Me temo que no hay ninguno por acá con ese nombre, my friend.

No comprendió Alfano las últimas palabras del capitán.

—Pero ¿no es éste el que llaman el Fortín del Sur? —preguntó, con voz algo vacilante.

That is correct. Pero nunca hubo aquí un comandante Machado.

“Que raro”, se dijo para sí Alfano. “Me habrán dado información equivocada”.

—Pero debe de estar usted cansado, soldado. Entre de una vez. El joven —señaló al que había ido a buscarlo— lo va a acompañar a la cuadra. Encontrará allí una cama limpia y comida caliente. Más tarde, véame en mi despacho.

Solamente las palabras del capitán ya eran un bálsamo para Alfano. Se olvidó de sus dudas y se dirigió a la cuadra. Una vez allí, se dio un baño que lo dejó nuevo, y luego se recostó en el camastro que le habían asignado, quedándose dormido casi en el acto. En sus sueños se entreveraron imágenes difusas de las penurias sufridas.

Cuando se despertó, era de noche. Recordó de golpe que el capitán lo esperaba en su despacho. Allá se dirigió. Cuando cruzaba el patio de armas vio algo en la semipenumbra que no pudo comprender: en el mástil ondeaban dos banderas, que estaban arriando, pero no era aquello lo más extraño, sino que una pertenecía a España y la otra, si no se equivocaba, a Inglaterra. “¿A dónde vine a parar?”, se preguntó Alfano.

Llegó al despacho del capitán. Éste escribía algo en un cartapacio mientras fumaba una pipa.

—Pase, soldado. Póngase cómodo —dijo Beresford, señalando una silla, sin levantar la vista.

Alfano se sentó, mirando alternativamente hacia los cuatro costados del despacho. A cada lado del escritorio del capitán había un mástil: en el de la derecha había una bandera española. En el de la izquierda, obviamente, colgaba la bandera inglesa. Pero pudo apreciar que ambas ostentaban un mismo símbolo en el ángulo superior izquierdo. El capitán preguntó:

—Dice usted que viene con una recomendación dirigida para al comandante Machado, pero, ¿por qué no trae su uniforme?

—Luego de la última campaña, obtuve una licencia. La recomendación que traigo es del propio Roca, perdón, del general Roca, y está dirigida al comandante Machado para obtener un puesto en este fortín, que es tenido por uno de los mejores. En cuanto al estado de mi ropa, bueno, realmente tuve que atravesar unas cuantas peripecias en el camino.

—Está bien, soldado, pero le repito que aquí no hay ningún Machado y tampoco he oído hablar de ese mister Roca. ¿Puede usted mostrarme esa carta de recomendación?

Alfano extrajo de una de sus botas un sobre bastante maltrecho. Del sobre sacó una hoja también ajada. La desplegó y se la alcanzó a Beresford. Éste la tomó y la leyó con atención. Al cabo de un momento, comentó:

—Parece  auténtica, pero no alcanzo a comprender el sello de lacre. Nuestro sello, el de la Alianza, es muy distinto. Es, para ilustrarlo, similar al dibujo que usted puede apreciar en ambos estandartes —señaló con sus manos las banderas.

—¿Alianza? ¿Qué Alianza? —preguntó Alfano, alarmado, levantando demasiado el tono de voz y poniéndose de pie. Beresford reaccionó:

—Le recuerdo, soldado, que éste es un cuartel militar y usted, un subordinado. Le ordeno que se siente y que se mantenga en silencio. No tengo por qué responder a sus preguntas, pero, dicho esto y por si no está enterado, le informo que la Alianza es la unión de las coronas de España e Inglaterra y cuyo objetivo es administrar la parte extrema sur de este continente. Se ve que sus peripecias en la intemperie le han afectado la memoria.

A pesar de la sorpresa, Alfano permaneció callado. No quería irritar más a Beresford. Éste dijo, revoleando un brazo y señalando la puerta:

—Ahora, retírese. Ya veremos qué hacemos con usted.

Muy atribulado, Alfano regresó a la cuadra. Le llevaron una cena frugal.

Al día siguiente, la diana lo despertó al amanecer. En el momento en que se estaba vistiendo, dos soldados —el centinela y el que lo condujo a la cuadra— le sujetaron los brazos, lo esposaron y lo llevaron nuevamente ante Beresford. En esta oportunidad, el capitán no le ofreció sentarse.

—Con mi estado mayor hemos estado deliberando. Ellos son: el teniente Reverte y el subteniente Phillips —señaló a dos hombres altos, de impecable uniforme (desconocido a los ojos de Alfano, al igual que el de Beresford), que estaban parados a la derecha del capitán e hicieron un leve movimiento de cabeza—. Y llegamos a la conclusión de que su relato no es veraz. Por tanto, sospechamos que usted pudiera ser en realidad un espía de los enemigos de la Alianza, es decir, el imperio lusitano. Su apariencia es sólo una impostura.

Alfano sentía mareos. No comprendía nada de la situación aunque creía entrever que todo lo que estaba viviendo tenía una vaga e inexplicable relación con la ciénaga. Casi sin ánimo, preguntó:

—¿Y qué piensan hacer conmigo? ¿Fusilarme en el paredón?

—Eso es lo que correspondería hacer en casos como el suyo..., pero...

—¿Pero...?  

—Es posible que usted y nosotros podamos hacer un trato. Entre caballeros, of course.

—¿Me está diciendo que van a perdonarme la vida?

—Le estoy diciendo que le propongo un trato. Voy a ser franco con usted. Salvo Reverte, Phillips, el doctor Johnson, los dos soldados que usted vio y yo, el resto de la tropa está en cuarentena. Una enfermedad desconocida los ha afectado y están vomitando y delirando todo el tiempo. Ni siquiera pelotón de fusilamiento tengo. Claro, eso no significa que, llegado el caso, no pueda cumplir con su condena... —dijo Beresford con malicia, palpándose el arma que llevaba en su cinturón.

—¿Entonces...?

—Lo que necesitamos es un chasqui, como dicen los nativos de estas tierras, que vaya a pedir refuerzos a la metrópoli. El imperio lusitano ha hecho ciertos acuerdos con Catriel y Calfucurá y nos están haciendo la vida imposible. En realidad, este fortín está casi aislado. Ninguno de nosotros seis puede ir, porque debemos velar por él y cuidar de los enfermos.

“Por fin oigo nombres familiares”, pensó Alfano, en relación a los caciques nombrados por Beresford. Preguntó:

—¿Y si no acepto? Al fin y al cabo, no me gusta que me tomen por embustero y...

-It’s up to you, perdón, depende de usted —lo interrumpió Beresford, palpándose con mayor vehemencia el arma.

Alfano comprendió que no le quedaba otra elección. Aun así, preguntó:

—¿Y por qué iban a fiarse de mí, si según ustedes me envía al enemigo? ¿Cómo saben que no los voy a traicionar?

Beresford se quedó mirándolo, mesándose el bigote. Al cabo de unos instantes, declaró:

—Mire: usted no tiene alternativas, de todos modos. Y nosotros... tampoco. En algún sentido, es como si usted nos hubiera caído del cielo. De cualquier manera, no va a ser fácil llegar a la metrópoli. Es un viaje plagado de peligros. Además, como usted no lleva el uniforme lusitano, los nativos representan un peligro también para usted.

—¿Y si tengo éxito? —preguntó Alfano, como dando a entender tácitamente que aceptaba.

—En ese caso, serán considerados los servicios prestados a la Alianza y, tal vez, logre su objetivo y obtenga un lugar en nuestras filas. No lo piense más: el futuro está en nuestras manos.  

Alfano se retiró a la cuadra, pensativo: no sabía qué estaba ocurriendo ni dónde se encontraba en realidad, pero, también, tenía la sensación de que no existían alternativas. Cabizbajo y perplejo, se durmió no obstante sin esfuerzo.

A la mañana siguiente, se alistó para partir casi a la madrugada. Le habían pertrechado el zaino con montura, ropas, colchas, alimentos y armas. A Alfano le entregaron ropa civil de buena calidad que le sentó muy bien. Le dieron un revólver y un fusil de una clase que nunca había visto. Beresford, Reverte y Phillips fueron a despedirlo. En ese instante, el capitán le entregó el recado dirigido al gobierno de la metrópoli, resguardado dentro de un cilindro metálico de color dorado. Los tres se cuadraron, taconearon e hicieron la venia. Alfano los imitó.

—Buena suerte, soldado —le deseó Beresford, palmeándole el hombro—. En buena medida, el futuro de estas tierras depende de que usted tenga éxito en esta travesía.

Alfano agradeció y montó el zaino. Cuando estaba por volver grupas, le preguntó al capitán:

—Disculpe, pero ¿en qué año estamos?

Beresford lo miró desconcertado.

I don’t understand your question... En fin, le respondo: estamos en el año de su Majestad de1856.

Ahora el desconcertado era Alfano. Al dejar la pulpería días atrás, era 1881. Se encogió de hombros.

—Una última pregunta.

Beresford hizo un resignado ademán como dándole a entender que continuara.

—Dígame, ¿hay bifurcaciones en el camino?

Beresford se quedó pensativo y luego consultó con Reverte y Phillips, quienes menearon la cabeza. Al fin, Beresford respondió:

—No que nosotros sepamos, pero si se encuentra con alguna, por las dudas, tome siempre hacia su derecha.

Alfano volvió a hacer la venia, tiró de las riendas del caballo, volvió grupas y luego lo espoleó con fuerza, alejándose velozmente. Al cabo de unos instantes, sofrenó al caballo y se volvió a mirar por sobre su hombro: creía firmemente que no iba a ver el fortín, como si se hubiese tratado de una ilusión. Pero allí estaba. Vio que uno de los tres oficiales que lo habían despedido sacudía el brazo. No supo qué pensar. Sobre todo no entendía por qué confiaban en él, más allá de las justificaciones del capitán. Espoleó  nuevamente al zaino y ya no volvió a mirar atrás. Por delante estaba la metrópolis, como la llamaba Beresford. Pero ¿era así? Por lo menos, ya no estaba en el fortín, un lugar donde no se sentía a gusto.

A pocas horas de marcha, pasó por el lugar donde había matado al tigre. En un primer momento le extrañó no hallar el cadáver, pero luego se topó con una serie de grandes huesos desparramados. Le llamó la atención y se preguntó si serían los del animal. Un poco apartado del resto, encontró el cráneo: al ver los colmillos que parecían dos sables, tuvo la certeza. Ahora le extrañó la rapidez de la descomposición de la osamenta. “Habrá muchos carroñeros por estos pagos”, se dijo para sí.

Casi al atardecer le pareció ver la silueta de un caserío en el horizonte. Cuando estuvo a unos cuantos metros, vio con asombro que era la pulpería de donde había partido, o bien un lugar muy parecido. Sólo era distinto el nombre. Como ya no quería más sobresaltos, decidió que iba a pasar de largo, pero pronto reflexionó que no tenía ganas de dormir otra noche a la intemperie, de modo que se apeó, ató el caballo al palenque y entró en la pulpería. Comprobó entonces que más apropiadamente era una posada. Pero, ya en el interior, las similitudes eran asombrosas. Vio a un par de parroquianos a los que saludó tocándose el sombrero y haciendo un breve movimiento con la cabeza. Llegó al mostrador. El posadero estaba de espaldas. Alfano notó que su corazón palpitaba: por alguna razón temía encontrar al pulpero del día de su partida, o bien encontrarlo más joven o, por qué no, más viejo. Ya no le quedaban muchas certezas.

Cuando el posadero por fin se dio vuelta, Alfano se sintió aliviado: no lo conocía. Saludó y pidió una caña. El posadero devolvió el saludo y le hizo saber que no tenía caña.

—Ginebra, entonces.

—Puedo ofrecerle cerveza, ron o whisky. O,  si prefiere, jerez.

—Sírvame un whisky.

El posadero asintió con la cabeza y se lo sirvió. Preguntó:

—¿Un viaje largo?

—Voy a la metrópoli —dijo Alfano, pasándose la manga por la boca luego de un trago de whisky, y como queriendo probar los dichos de Beresford.

—Un viaje largo. Sí. —Comentó lacónicamente el posadero.

—Llevo un recado para el gobierno de la Alianza —dijo Alfano, nuevamente con intención, pero sin producir efecto en el otro.

—Necesito pasar la noche. ¿Tiene un catre disponible?

—Por supuesto. Arriba: aquí tiene las llaves. La primera puerta del pasillo a su derecha.

Alfano tomó las llaves y enfiló hacia una angosta escalera. Estuvo a punto de hacer una pregunta ridícula, pero en ese instante oyó las voces de los dos parroquianos: creyó oír algo relacionado con una revolución y una fecha inverosímil. Pero sobre todo le extrañó el acento de los dos hombres: no se parecía al de Beresford o Phillips ni al de Reverte. Cuando pasó cerca, los parroquianos bajaron el tono de voz.

Alfano los miró, resopló, se rascó la cabeza y, al fin, subió.

Al día siguiente abandonó la posada bajo un sol radiante, ese sol rojizo que le había parecido tan desmesuradamente grande.

Luego de un día de travesía, el zaino comenzó a relinchar de modo anormal. Vio entonces el jinete que las pezuñas del caballo estaban embarradas. Alfano advirtió que se encontraba nuevamente en un pantano. Cuando estiró la mirada hacia el horizonte vio que el lodazal se perdía de vista. Tiró de las riendas y trató de calmar al animal. Fugazmente pensó que, si se zambullía en el pantano, tal vez volviese al punto de partida. Pero desechó la ridícula idea pronto y, en cambio, decidió rodear el pantano, aunque no supiera cuánto se desviaba del camino hacia la metrópoli, como la llamaba Beresford. A estas alturas, sin saber bien dónde estaba, prefería evitar las sorpresas desagradables. A estas alturas, sin dudas prefería pisar sobre tierra firme. Sólo sobre tierra firme.

 © 2008 Ricardo Gabriel Zanelli

 
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