“...y un camino largo, que baja y se pierde”
Paisaje de Catamarca. Zamba
“Siga nomás para el sur”, le había dicho el
pulpero, “y a unas diez leguas se va a topar con el fortín del comandante
Machado. Pero cuidesé, mi amigo”, había agregado el pulpero: “La llanura es
interminable, y el camino, traicionero. Sobre todo cuide al alazán porque hay
mucha vizcachera”.
Que el camino fuera traicionero no era ninguna novedad para Gaudencio
Alfano, ex convicto por contrabando y héroe de la Campaña del Desierto. El
mismo Roca lo había condecorado: “Su coraje es admirable, soldado. Voy a
recomendarlo”.
Gaudencio se
había aprovisionado para el largo viaje: charque, tabaco del fuerte, un par de
petacas con ginebra, agua en abundancia y un fardo de alfalfa para el caballo.
Al alazán lo había pagado a buen precio y en el porte se adivinaba al animal de
raza.
Alfano había
agradecido al pulpero y luego lo despidió con poco aspaviento. Montó el alazán,
se acomodó el abrigo y se calzó el chambergo, también adquirido en la pulpería.
El día había amanecido frío por el aliento del sur y lo sintió en su rostro
apenas el caballo comenzó a andar a tranco lento: instintivamente bajó el ala
del chambergo y levantó el cuello del abrigo.
Media hora más
tarde, o poco antes o después, ya el pueblo había desaparecido de las espaldas
de Alfano, que se había vuelto a mirar por sobre su hombro. “Estamos solos,
ahora”, le dijo al alazán, palmeando cariñosamente el magnífico cogote del
animal. “No me afloje, compañero”.
Era casi mediodía
cuando salió del pueblo. Ahora, la luz diurna iba declinando. Una densa capa de
nubes resistía los embates de sol y la grisura del cielo teñía el suelo árido.
Un inopinado relincho del caballo rescató a Alfano de un silencio de horas: la
cadencia del trote ya se había incorporado al paisaje, volviéndose
imperceptible.
Cuando cayó la
noche, Gaudencio Alfano disfrutaba del crepitar y la lumbre de un buen fuego y
saboreaba un ración de charque. A unos pocos metros, el caballo mansamente
comía alfalfa. Un sorbo de ginebra reconfortó el alma de Alfano que se disponía
a dormir, la llanura inmensa cobijándolo. Hombre curtido y al que no le
faltaron entreveros en su vida, repentinamente se sintió atemorizado y se vio a
sí mismo como una pequeñez. Reflexionó que para un solo hombre la llanura debía
de ser un mar sin fin. Interminable, como le dijo el pulpero. El silencio le
pareció ensordecedor y nada podían contra esa sensación la monótona melodía de
la llama que brotaba de la fogata, tan ajena a sus temores, ni el ritmo
afiebrado de su corazón. No podía pegar los ojos. Creía que todo, o la nada que
lo rodeaba, era una amenaza insidiosa.
Cuando quiso acordarse, advirtió que al fin se había quedado dormido y
que ya había amanecido. Padecía de un frío intenso: debió reconocer que llovía
empecinadamente. El fuego era sólo una piltrafa y Gaudencio sintió un regusto
amargo en la boca, como cuando se ha tenido un sueño poco acogedor. Pero sólo
recordaba haber experimentado una suerte de vértigo agudo.
De mala gana se
incorporó, reunió sus pertrechos y montó
el alazán, que soportaba estoicamente la porfiada lluvia. Alfano dio un vistazo
a su alrededor y luego retomó el andar, a paso lento. “Si el camino se
bifurca”, le habían dicho, “tome siempre hacia la izquierda”.
El viaje
comenzaba a tornarse pesado porque al caballo le costaba avanzar en un terreno
fangoso, si bien no aminoraba la marcha. Al cabo de un buen rato, se topó al
fin con una bifurcación. Recordó el consejo recibido y se dispuso a seguirlo.
Pero, repentinamente, sintió desconfianza. Los años, la vida agitada y el
mezclarse siempre con gente de poco fiar, lo habían vuelto arisco, áspero,
aprensivo. Y esa vida le había enseñado también que antes que los consejos
ajenos, mejor era seguir las propias corazonadas. En consecuencia, aunque no
sin vacilar, decidió tomar el camino de la derecha, que, a primera vista,
aparecía como en mejores condiciones. De todos modos, no dejó de sentir alguna
preocupación: no conocía esos parajes de la llanura y los consejos le habían
sido dados de buena voluntad. Para tranquilizar su conciencia se dijo que, de
cualquier manera, seguía viajando hacia el sur. Se trataba empero de una vana
justificación: no sabía en verdad cuánto se desviaba el camino más adelante y,
además, las nubes le impedían orientarse con exactitud. No obstante estos
reparos, siguió su andar y un trecho más adelante el cielo se despejó un poco,
asomando algunos rayos de sol. Vio entonces que iba en la dirección correcta,
lo cual le dio cierta confianza en sí mismo. Pero la buena estrella duró poco:
detrás de un peñasco apareció una serpiente. El alazán se encabritó, relinchó
espantado y Gaudencio fue a dar con la osamenta contra el suelo parejo y, aun
húmedo, endurecido. Mientras se incorporaba dificultosamente, vio cómo el
caballo se desplomaba sobre uno de sus flancos y comprendió que la noble bestia
había sido mordida por la serpiente. Alfano extrajo entonces su revólver: con
rabia destinó una bala al reptil. Otra fue, con impotencia y dolor, para el
magnífico caballo, que agonizaba. Cuando el retumbar de los disparos cesó,
Gaudencio Alfano oyó el silencio absoluto: ya no lo acompañaban los esporádicos
relinchos del alazán, ni siquiera sus resuellos. Instintivamente alzó la vista
hacia el cielo, como buscando una explicación para el infortunio, pero sólo
encontró, naturalmente, la coraza de nubes que nuevamente se interponía entre
él y la eternidad. Dedicó una última contemplación al caballo y luego siguió su
camino a pie. “Qué remedio me queda”, reflexionó.
No había andado
mucho todavía cuando se desató una tormenta violentísima. Pronto diluvió y sólo
asiduos rayos y relámpagos iluminaban el cielo, que había oscurecido. Alfano
continuó un trecho pero pronto comprendió que no podía hacer pie. En medio de
la lluvia enmarañada, alcanzó a vislumbrar un grupo de grandes rocas a la vera
del camino, a no más de unos pocos metros. Vio que entre ellas podía guarecerse
y taparse con el abrigo hasta que el aguacero amainara. Así lo hizo, a duras
penas. Chorreando agua, se acurrucó cubriéndose con el abrigo, pero cuidando de
que no se volara con el fuerte viento que ahora había comenzado a soplar.
Perdió la cuenta
de cuánto tiempo estuvo casi ahogándose, a merced del vendaval y del diluvio.
Cuando por fin amainó vio, gracias a que las nubes comenzaban a retirarse, que
estaba anocheciendo. No obstante, debía continuar: no podía permanecer en ese
lodazal. Pero advirtió pronto un nuevo contratiempo: el abrigo mojado pesaba
una enormidad para cargarlo a pie, de modo que decidió abandonarlo. Continuó
apenas con su revólver y los pocos víveres que aún le quedaban secos.
Cuando la noche
volvió a reinar sobre la llanura, sólo atenuada por una enorme luna nueva,
Alfano ya había alcanzado tierra seca. Apenas pudo encender fuego y comer algo
de charque, porque, casi sin que se diera cuenta, cayó dormido, exhausto.
Al día siguiente
lo despertó el frío: estaba aterido. Estaba acurrucado y peligrosamente cerca
del fuego, al que evidentemente se había ido acercando de manera instintiva
durante el transcurso de la noche, y del que sólo quedaban unas pocas brasas.
Se levantó casi con la voluntad anulada, pero le sorprendió sentir que las
fuerzas volvían a él. El sol radiante lo puso de buen humor. Desayunó un par
galletas que, o por suerte o por obra de la Providencia, no se
habían mojado. Rato más tarde retomó el camino.
A poco de andar,
nuevamente una bifurcación. En un primer momento pensó en seguir esta vez el
consejo original, pero una combinación de orgullo —u obstinación— y de una
suerte de inercia mental, lo llevaron a perseverar en su anterior decisión:
tomó otra vez el camino de la derecha, un camino que tenía una pendiente suave
y se mostraba un poco más ríspido.
El sol apretaba
más y más a medida que se acercaba al cenit. Ya cerca del mediodía, Alfano
experimentó un sordo estremecimiento del suelo que, en apariencia, cada vez se
hacía más intenso. Procedió a la usanza del indio: pegó una oreja contra la
tierra áspera: no le quedaron dudas entonces de que se acercaba un malón. “Es
extraño”, se dijo, “Roca hizo bien su trabajo”. Una idea febril, tal vez
preñada por la soledad y el solazo, pasó fugazmente por su mente: quizás se
tratara de un fantasma de la indiada. Pero la imagen se desvaneció pronto: el
temblor del suelo no dejaba lugar a dudas y algo indefinible comenzaba a
formarse en la línea del horizonte: primero la polvareda, luego las siluetas
apenas delineadas. Gaudencio Alfano sintió una súbita desesperación y quiso
escapar, pero comprendió que era una necedad: no tenía lugar de escape ni modo
de defensa. Resignado, se sentó en el suelo a esperar. Reconoció que el terror
lo invadía y que las sienes le latían aceleradamente. Aun así, hizo un esfuerzo
para serenarse: “En una de esas me ignoran y pasan de largo”, se dijo para sí.
No mucho después,
tenía al malón encima: era más numeroso de lo que había imaginado. Pasaron a su
lado casi sin prestarle atención. Sólo el que aparentaba ser el cacique le
dedicó apenas una mirada torva. Pero uno de los últimos indios, que había
pasado de largo como todos los demás, de repente volvió grupas, a paso lento.
Alfano se sorprendió de esa actitud, pero al fin creyó recordar que alguna vez
se habían cruzado. La sola mirada del indio le dio una idea cierta de sus
intenciones: por la mente de Alfano pasaron raudamente imágenes de la campaña:
violentísimos enfrentamientos con los indios, la quema de sus tolderías y el
abuso de las mujeres por parte de soldados casi siempre ebrios para poder
soportar los rigores padecidos. Una de esas mujeres se reflejaba en el odio de
la mirada del indio. Alfano no tuvo tiempo de extraer el arma: ya el indiazo
volaba desde su montura para caer sobre él. Forcejearon un rato en el
polvaredal pero era imposible para Alfano vencerlo: la fuerza de su oponente
era formidable. No le extrañó entonces que, en determinado momento de la pelea,
se viera levantado en vilo sobre los poderosos brazos del indio. Fue lo último
que recordaría: desde esa altura fue dejado caer. Golpeó la cabeza contra el
suelo y sintió que su conciencia se alejaba y finalmente se perdía.
Cuando al fin
volvió en sí, sintió el sol castigándole la piel y un tirón en piernas y
brazos: un poco nebulosamente todavía, Alfano vio que el indio lo había
estaqueado. Forcejeó un instante, pero comprendió que era inútil: los tientos
estaban asegurados como para que Gaudencio se pudriera allí.
Pasaron horas. Gaudencio
creyó que el sol iba a hacerlo arder. Comenzó a entrever sombras en el cielo
dando vueltas en círculo. Súbitamente vio que una de esas sombras aladas era su
caballo muerto que venía a salvarlo, pero, al tocar tierra, lo pisoteaba
rabiosamente hasta deformarlo en una pulpa irreconocible, relinchando como si
se tratara de una tropilla entera. Y el relincho comenzó a perderse,
transformándose en palabras al principio ininteligibles pero enseguida
reconoció que reproducían más o menos las del pulpero advirtiéndole que tomara
siempre el camino de la izquierda porque el de la derecha lo iba a llevar hasta
la jeta del mismísimo Mandinga. Pero esto último no lo había dicho el pulpero:
o bien era una invención del sueño febril de Alfano, o bien el hombre se había
cuidado de decírselo y él simplemente lo adivinaba en el recuerdo deforme de
las facciones tal vez maliciosas del pulpero. Y las palabras formaron un eco,
una letanía, que se repetía una y otra vez, desdoblándose nuevamente en el
relincho del alazán.
La lluvia, que
otrora casi había ahogado a Alfano, corrió ahora en su ayuda: un nuevo diluvio
lo despabiló, arrebatándolo de su delirio. Aliviado momentáneamente pero
asimismo desesperado, Gaudencio Alfano comenzó a sacudirse convulsivamente
buscando zafarse de los tientos. Pero era en vano. Abatido, descubrió no
obstante que el indio, o por compasión o bien para torturarlo aún más, había
dejado su facón a cierta distancia de su mano derecha. Una esperanza alumbró en
el cerebro de Alfano: estiró su mano sujeta de la muñeca para tratar de
alcanzar el cuchillo. Era inútil: no podía agarrarlo. Perseveró y por fin,
luego de desfallecientes esfuerzos y nuevamente ayudado por la lluvia, que
había ablandado un tanto los tientos resecos por el sol, Alfano pudo alcanzar
el facón con las puntas de los dedos. Luego, con otro supremo esfuerzo, dada la
incómoda posición, logró cortar uno de los tientos, luego los restantes y
pronto se vio libre. Tenía agarrotados los músculos de todo el cuerpo y la
cabeza le pesaba como una piedra. La lluvia arreciaba nuevamente y, para colmo
de males, Alfano descubrió que el indio se había llevado su revólver, los pocos
víveres y el resto de sus pertenencias. Maldijo al destino pero, tal vez por
instinto y por su orgullo herido, se calzó el facón en la cintura y retomó su
accidentado camino. Un primer impulso casi lo lleva a perseguir al indio y
vengarse pero recapacitó y desechó la idea por inútil. Al rato de andar, la
lluvia había cesado y había asomado el sol. Encontró un ceibo pequeño, se echó
bajo su sombra y se quedó dormido.
Un sonido como un
trueno prolongado lo despertó. “Otra tormenta”, pensó, pero pronto vio que se
trataba de una tropilla de caballos salvajes. Se incorporó en el acto, pensando
que quizás pudiera apoderarse de alguno. La tropilla se dirigía hacia donde él
se encontraba. Se acomodó detrás del ceibo. Cuando la tropilla estuvo encima,
giró hacia la izquierda de Alfano. Eran unos treinta. Cuando pasó el último,
que iba rezagado, Alfano se prendió de las crines y de un salto lo montó. Era
un zaino de hermoso pelaje y soberbio porte. En cuanto lo tuvo encima, el
animal comenzó a corcovear, pero Alfano era diestro en la doma. Al cabo de un
rato, el zaino trotaba dócilmente. El único inconveniente era que debía
montarlo en pelo.
Aprovechando el
sol que lo orientaba, Alfano galopó raudamente con rumbo sur en un intento por
recuperar el tiempo perdido.
Pasado el
mediodía, debió aminorar la marcha: reconoció que transitaba una zona de
vizcacheras, otra de las advertencias del pulpero. El zaino iba al paso,
cuidando de no meter las patas en los traicioneros agujeros. “Malditos bichos”,
masculló Alfano.
Al rato tuvo que
admitir que la vizcachera era más extensa de lo que en principio había creído.
Incluso advertía cómo a medida que avanzaba, la vizcachera se mezclaba con un
lodazal. “Esto no me gusta”, se dijo para sí: “dónde se han visto vizcacheras y
ciénagas juntas”. Al cabo de esta reflexión, el zaino relinchó feo, dio un
corcovo, levantó las patas delanteras en actitud rampante y, sin que Alfano
pudiera reaccionar, bestia y jinete
desaparecían de la superficie, dejando como rastro un borbotón de barro.
Una oscuridad pegajosa y húmeda asfixiaba a Gaudencio Alfano pero,
increíblemente, no lo ahogaba ni a él ni al caballo, aun cuando era evidente
para él que se deslizaban hacia abajo.
Pasaron unos
instantes durante los cuales no se soltó de las crines del zaino. Al cabo,
Alfano creyó ver en medio de la tiniebla de barro una tenue claridad abajo,
hacia donde aparentemente caía. Pensó en una esperanza pero, repentinamente,
experimentó una aguda sensación de vértigo en el estómago, como si su caída se
acelerara. Se aferró ahora con todas sus fuerzas al cogote del animal y creyó
que el barro finalmente iba a ahogarlos a ambos. Perdió la noción de la
realidad.
El terror se
apoderó del alma curtida de Alfano cuando una nueva sensación lo agobió: la
claridad que había creído percibir debajo (si es que esta expresión tenía
sentido) había desaparecido. Llegó a aceptar que, o ése era el fin, o bien que
había muerto y que ahora estaba en el otro mundo. Pero, repentinamente, la
singularidad de su situación comenzó a dar indicios de algún cambio. Sentía
ahora la presión hacia arriba del caballo entre sus piernas, como si una fuerza
ascendente estuviera amortiguando la caída. El freno fue haciéndose más
evidente a cada momento, hasta que, por unos segundos, tuvo la agradabilísima
ilusión de que tanto él como la noble bestia eran tan ligeros como plumas,
perdiendo por completo cualquier certeza sobre qué estaba por arriba o por
debajo. Y, sin que pudiera preverlo, una claridad grisácea y tenue lo rodeó
hasta que, por fin, debió admitir que estaba emergiendo de la ciénaga, si eso
tenía sentido. Con un poco de esfuerzo, pudo aferrarse a unas matas que
formaban un arco a un lado del lodazal. Cuando por fin pisó tierra firme,
advirtió con sorpresa que el zaino, pastando de las matas, lo miraba, mientras
el barro que lo cubría se le secaba al sol, un sol que a Alfano le pareció un
poco más grande de lo habitual y de un tono más intenso. “Debe de estar
atardeciendo”, pensó. Pero el sol rojo estaba en el cenit.
Una vez se irguió
definitivamente, sintió un mareo irresistible que lo hizo vomitar de forma
violentísima. Por un instante pensó que se le iba a salir el estómago por la
boca.
Un poco más
tarde, ya repuesto y mientras un débil hilo de agua cercano le servía para
adecentarse un poco, se preguntó si el lugar del que había emergido era el
mismo pantano donde había comenzado su última penuria, porque debía de admitir
que no lo reconocía. Un temblor le recorrió la espalda. Justo en ese momento
oyó un espantoso relincho del caballo. Giró sobre sí y vio al zaino
atemorizado: un enorme tigre con dos colmillos superiores desproporcionados,
que parecían filosos como sables, estaba agazapado a punto de saltar sobre él y
destrozarle el cuello. Dentro de su pavor, pensó: “Demasiado grande para ser un
puma, a pesar de tener el mismo pelaje. Y esos colmillos...”. Se palpó la ropa, a la que ya se le había
resecado el barro, y encontró el facón. Lo tomó por el filo y apuntó al cogote
del tigre. Era la única opción que tenía para salvar al caballo y a sí mismo.
El pulso le temblaba pero debía acertar. Justo cuando el tigre iba a dar el
salto sobre el zaino, el puñal silbó en el aire y al fin se clavó detrás de una
de las orejas del animal, que se derrumbó como si lo hubiera fulminado un rayo.
Con cautela, Alfano se acercó y comprobó que el tigre había muerto. Era una
animal de casi tres metros contando desde la cabeza a la grupa. Nunca había
visto uno así. Luego le costó trabajo extraer el puñal ensangrentado.
Sin saber muy
bien dónde se encontraba, montó el zaino y rumbeó para el sur. Al cabo de un
rato, se le presentó una bifurcación del camino, pero esta vez no dudó y
enderezó el caballo hacia su izquierda. “Ya tuve demasiado”, pensó.
Cuando caía la
tarde y el sol se veía increíblemente grande y rojo, vio la silueta de lo que
parecía un fortín. Al cabo de un trote liviano del zaino, Alfano creyó llegar
al final de su accidentado viaje. “Por fin”, suspiró.
El centinela lo
interpeló. Respondió:
—Mi nombre es
Alfano. Gaudencio Alfano, del 5º Regimiento de Infantería. Traigo una
recomendación para entrevistarme con el comandante Machado.
Al centinela no
pareció sonarle familiar este nombre.
—Aguarde un momento —dijo, y llamó a otro soldado y le dijo algo al
oído. Al cabo de unos momentos, este último regresó junto al que parecía un
oficial de alto rango. Alfano, se apeó, se cuadró e hizo la venia a pesar de
llevar descubierta la cabeza. El oficial, con un rasgo de desconfianza en el
rostro, tal vez por la apariencia ruinosa del recién llegado, devolvió el
saludo con cierto desgano y dijo:
—Capitán
Beresford, a sus órdenes. —Parecía haber un tono de sorna en su voz—. ¿Dice usted
que busca a un tal comandante Machado? Me temo que no hay ninguno por acá con
ese nombre, my friend.
No comprendió
Alfano las últimas palabras del capitán.
—Pero ¿no es éste
el que llaman el Fortín del Sur? —preguntó, con voz algo vacilante.
—That is correct. Pero nunca hubo aquí un comandante Machado.
“Que raro”, se
dijo para sí Alfano. “Me habrán dado información equivocada”.
—Pero debe de
estar usted cansado, soldado. Entre de una vez. El joven —señaló al que había
ido a buscarlo— lo va a acompañar a la cuadra. Encontrará allí una cama limpia
y comida caliente. Más tarde, véame en mi despacho.
Solamente las
palabras del capitán ya eran un bálsamo para Alfano. Se olvidó de sus dudas y
se dirigió a la cuadra. Una vez allí, se dio un baño que lo dejó nuevo, y luego
se recostó en el camastro que le habían asignado, quedándose dormido casi en el
acto. En sus sueños se entreveraron imágenes difusas de las penurias sufridas.
Cuando se
despertó, era de noche. Recordó de golpe que el capitán lo esperaba en su despacho.
Allá se dirigió. Cuando cruzaba el patio de armas vio algo en la semipenumbra
que no pudo comprender: en el mástil ondeaban dos banderas, que estaban
arriando, pero no era aquello lo más extraño, sino que una pertenecía a España
y la otra, si no se equivocaba, a Inglaterra. “¿A dónde vine a parar?”, se
preguntó Alfano.
Llegó al despacho del capitán. Éste
escribía algo en un cartapacio mientras fumaba una pipa.
—Pase, soldado.
Póngase cómodo —dijo Beresford, señalando una silla, sin levantar la vista.
Alfano se sentó,
mirando alternativamente hacia los cuatro costados del despacho. A cada lado
del escritorio del capitán había un mástil: en el de la derecha había una
bandera española. En el de la izquierda, obviamente, colgaba la bandera inglesa.
Pero pudo apreciar que ambas ostentaban un mismo símbolo en el ángulo superior
izquierdo. El capitán preguntó:
—Dice usted que
viene con una recomendación dirigida para al comandante Machado, pero, ¿por qué
no trae su uniforme?
—Luego de la
última campaña, obtuve una licencia. La recomendación que traigo es del propio
Roca, perdón, del general Roca, y está dirigida al comandante Machado para
obtener un puesto en este fortín, que es tenido por uno de los mejores. En
cuanto al estado de mi ropa, bueno, realmente tuve que atravesar unas cuantas
peripecias en el camino.
—Está bien,
soldado, pero le repito que aquí no hay ningún Machado y tampoco he oído hablar
de ese mister Roca. ¿Puede usted mostrarme esa carta de recomendación?
Alfano extrajo de
una de sus botas un sobre bastante maltrecho. Del sobre sacó una hoja también
ajada. La desplegó y se la alcanzó a Beresford. Éste la tomó y la leyó con
atención. Al cabo de un momento, comentó:
—Parece auténtica, pero no alcanzo a comprender el
sello de lacre. Nuestro sello, el de la Alianza, es muy distinto. Es, para ilustrarlo,
similar al dibujo que usted puede apreciar en ambos estandartes —señaló con sus
manos las banderas.
—¿Alianza? ¿Qué
Alianza? —preguntó Alfano, alarmado, levantando demasiado el tono de voz y
poniéndose de pie. Beresford reaccionó:
—Le recuerdo,
soldado, que éste es un cuartel militar y usted, un subordinado. Le ordeno que
se siente y que se mantenga en silencio. No tengo por qué responder a sus
preguntas, pero, dicho esto y por si no está enterado, le informo que la Alianza es la unión de las
coronas de España e Inglaterra y cuyo objetivo es administrar la parte extrema
sur de este continente. Se ve que sus peripecias en la intemperie le han
afectado la memoria.
A pesar de la
sorpresa, Alfano permaneció callado. No quería irritar más a Beresford. Éste
dijo, revoleando un brazo y señalando la puerta:
—Ahora, retírese.
Ya veremos qué hacemos con usted.
Muy atribulado,
Alfano regresó a la cuadra. Le llevaron una cena frugal.
Al día siguiente,
la diana lo despertó al amanecer. En el momento en que se estaba vistiendo, dos
soldados —el centinela y el que lo condujo a la cuadra— le sujetaron los
brazos, lo esposaron y lo llevaron nuevamente ante Beresford. En esta
oportunidad, el capitán no le ofreció sentarse.
—Con mi estado
mayor hemos estado deliberando. Ellos son: el teniente Reverte y el subteniente
Phillips —señaló a dos hombres altos, de impecable uniforme (desconocido a los
ojos de Alfano, al igual que el de Beresford), que estaban parados a la derecha
del capitán e hicieron un leve movimiento de cabeza—. Y llegamos a la
conclusión de que su relato no es veraz. Por tanto, sospechamos que usted
pudiera ser en realidad un espía de los enemigos de la Alianza, es decir, el
imperio lusitano. Su apariencia es sólo una impostura.
Alfano sentía
mareos. No comprendía nada de la situación aunque creía entrever que todo lo
que estaba viviendo tenía una vaga e inexplicable relación con la ciénaga. Casi
sin ánimo, preguntó:
—¿Y qué piensan
hacer conmigo? ¿Fusilarme en el paredón?
—Eso es lo que
correspondería hacer en casos como el suyo..., pero...
—¿Pero...?
—Es posible que
usted y nosotros podamos hacer un trato. Entre caballeros, of course.
—¿Me está
diciendo que van a perdonarme la vida?
—Le estoy diciendo que le propongo un trato. Voy a ser franco con
usted. Salvo Reverte, Phillips, el doctor Johnson, los dos soldados que usted
vio y yo, el resto de la tropa está en cuarentena. Una enfermedad desconocida
los ha afectado y están vomitando y delirando todo el tiempo. Ni siquiera
pelotón de fusilamiento tengo. Claro, eso no significa que, llegado el caso, no
pueda cumplir con su condena... —dijo Beresford con malicia, palpándose el arma
que llevaba en su cinturón.
—¿Entonces...?
—Lo que
necesitamos es un chasqui, como dicen los nativos de estas tierras, que vaya a
pedir refuerzos a la metrópoli. El imperio lusitano ha hecho ciertos acuerdos
con Catriel y Calfucurá y nos están haciendo la vida imposible. En realidad,
este fortín está casi aislado. Ninguno de nosotros seis puede ir, porque
debemos velar por él y cuidar de los enfermos.
“Por fin oigo
nombres familiares”, pensó Alfano, en relación a los caciques nombrados por
Beresford. Preguntó:
—¿Y si no acepto?
Al fin y al cabo, no me gusta que me tomen por embustero y...
-It’s up to
you, perdón, depende de usted —lo interrumpió Beresford, palpándose con
mayor vehemencia el arma.
Alfano comprendió
que no le quedaba otra elección. Aun así, preguntó:
—¿Y por qué iban
a fiarse de mí, si según ustedes me envía al enemigo? ¿Cómo saben que no los
voy a traicionar?
Beresford se
quedó mirándolo, mesándose el bigote. Al cabo de unos instantes, declaró:
—Mire: usted no
tiene alternativas, de todos modos. Y nosotros... tampoco. En algún sentido, es
como si usted nos hubiera caído del cielo. De cualquier manera, no va a ser
fácil llegar a la metrópoli. Es un viaje plagado de peligros. Además, como
usted no lleva el uniforme lusitano, los nativos representan un peligro también
para usted.
—¿Y si tengo éxito?
—preguntó Alfano, como dando a entender tácitamente que aceptaba.
—En ese caso,
serán considerados los servicios prestados a la Alianza y, tal vez, logre
su objetivo y obtenga un lugar en nuestras filas. No lo piense más: el futuro
está en nuestras manos.
Alfano se retiró
a la cuadra, pensativo: no sabía qué estaba ocurriendo ni dónde se encontraba
en realidad, pero, también, tenía la sensación de que no existían alternativas.
Cabizbajo y perplejo, se durmió no obstante sin esfuerzo.
A la mañana siguiente,
se alistó para partir casi a la madrugada. Le habían pertrechado el zaino con
montura, ropas, colchas, alimentos y armas. A Alfano le entregaron ropa civil
de buena calidad que le sentó muy bien. Le dieron un revólver y un fusil de una
clase que nunca había visto. Beresford, Reverte y Phillips fueron a despedirlo.
En ese instante, el capitán le entregó el recado dirigido al gobierno de la
metrópoli, resguardado dentro de un cilindro metálico de color dorado. Los tres
se cuadraron, taconearon e hicieron la venia. Alfano los imitó.
—Buena suerte,
soldado —le deseó Beresford, palmeándole el hombro—. En buena medida, el futuro
de estas tierras depende de que usted tenga éxito en esta travesía.
Alfano agradeció
y montó el zaino. Cuando estaba por volver grupas, le preguntó al capitán:
—Disculpe, pero
¿en qué año estamos?
Beresford lo miró
desconcertado.
—I don’t understand your question... En fin, le respondo: estamos en el año de su Majestad
de1856.
Ahora el
desconcertado era Alfano. Al dejar la pulpería días atrás, era 1881. Se encogió
de hombros.
—Una última
pregunta.
Beresford hizo un
resignado ademán como dándole a entender que continuara.
—Dígame, ¿hay
bifurcaciones en el camino?
Beresford se
quedó pensativo y luego consultó con Reverte y Phillips, quienes menearon la
cabeza. Al fin, Beresford respondió:
—No que nosotros
sepamos, pero si se encuentra con alguna, por las dudas, tome siempre hacia su
derecha.
Alfano volvió a
hacer la venia, tiró de las riendas del caballo, volvió grupas y luego lo espoleó
con fuerza, alejándose velozmente. Al cabo de unos instantes, sofrenó al
caballo y se volvió a mirar por sobre su hombro: creía firmemente que no iba a
ver el fortín, como si se hubiese tratado de una ilusión. Pero allí estaba. Vio
que uno de los tres oficiales que lo habían despedido sacudía el brazo. No supo
qué pensar. Sobre todo no entendía por qué confiaban en él, más allá de las
justificaciones del capitán. Espoleó
nuevamente al zaino y ya no volvió a mirar atrás. Por delante estaba la
metrópolis, como la llamaba Beresford. Pero ¿era así? Por lo menos, ya no
estaba en el fortín, un lugar donde no se sentía a gusto.
A pocas horas de
marcha, pasó por el lugar donde había matado al tigre. En un primer momento le
extrañó no hallar el cadáver, pero luego se topó con una serie de grandes
huesos desparramados. Le llamó la atención y se preguntó si serían los del
animal. Un poco apartado del resto, encontró el cráneo: al ver los colmillos
que parecían dos sables, tuvo la certeza. Ahora le extrañó la rapidez de la
descomposición de la osamenta. “Habrá muchos carroñeros por estos pagos”, se
dijo para sí.
Casi al atardecer
le pareció ver la silueta de un caserío en el horizonte. Cuando estuvo a unos
cuantos metros, vio con asombro que era la pulpería de donde había partido, o
bien un lugar muy parecido. Sólo era distinto el nombre. Como ya no quería más
sobresaltos, decidió que iba a pasar de largo, pero pronto reflexionó que no
tenía ganas de dormir otra noche a la intemperie, de modo que se apeó, ató el
caballo al palenque y entró en la pulpería. Comprobó entonces que más
apropiadamente era una posada. Pero, ya en el interior, las similitudes eran
asombrosas. Vio a un par de parroquianos a los que saludó tocándose el sombrero
y haciendo un breve movimiento con la cabeza. Llegó al mostrador. El posadero
estaba de espaldas. Alfano notó que su corazón palpitaba: por alguna razón
temía encontrar al pulpero del día de su partida, o bien encontrarlo más joven
o, por qué no, más viejo. Ya no le quedaban muchas certezas.
Cuando el
posadero por fin se dio vuelta, Alfano se sintió aliviado: no lo conocía.
Saludó y pidió una caña. El posadero devolvió el saludo y le hizo saber que no
tenía caña.
—Ginebra,
entonces.
—Puedo ofrecerle
cerveza, ron o whisky. O, si prefiere, jerez.
—Sírvame un
whisky.
El posadero
asintió con la cabeza y se lo sirvió. Preguntó:
—¿Un viaje largo?
—Voy a la
metrópoli —dijo Alfano, pasándose la manga por la boca luego de un trago de
whisky, y como queriendo probar los dichos de Beresford.
—Un viaje largo.
Sí. —Comentó lacónicamente el posadero.
—Llevo un recado
para el gobierno de la Alianza
—dijo Alfano, nuevamente con intención, pero sin producir efecto en el otro.
—Necesito pasar
la noche. ¿Tiene un catre disponible?
—Por supuesto. Arriba:
aquí tiene las llaves. La primera puerta del pasillo a su derecha.
Alfano tomó las
llaves y enfiló hacia una angosta escalera. Estuvo a punto de hacer una
pregunta ridícula, pero en ese instante oyó las voces de los dos parroquianos:
creyó oír algo relacionado con una revolución y una fecha inverosímil. Pero
sobre todo le extrañó el acento de los dos hombres: no se parecía al de
Beresford o Phillips ni al de Reverte. Cuando pasó cerca, los parroquianos
bajaron el tono de voz.
Alfano los miró,
resopló, se rascó la cabeza y, al fin, subió.
Al día siguiente
abandonó la posada bajo un sol radiante, ese sol rojizo que le había parecido
tan desmesuradamente grande.
Luego de un día
de travesía, el zaino comenzó a relinchar de modo anormal. Vio entonces el jinete
que las pezuñas del caballo estaban embarradas. Alfano advirtió que se
encontraba nuevamente en un pantano. Cuando estiró la mirada hacia el horizonte
vio que el lodazal se perdía de vista. Tiró de las riendas y trató de calmar al
animal. Fugazmente pensó que, si se zambullía en el pantano, tal vez volviese
al punto de partida. Pero desechó la ridícula idea pronto y, en cambio, decidió
rodear el pantano, aunque no supiera cuánto se desviaba del camino hacia la
metrópoli, como la llamaba Beresford. A estas alturas, sin saber bien dónde
estaba, prefería evitar las sorpresas desagradables. A estas alturas, sin dudas
prefería pisar sobre tierra firme. Sólo sobre tierra firme.
© 2008 Ricardo Gabriel Zanelli