Marzo 2007
56 páginas, 20 x 16 cm.
En Argentina, $ 9.- incluyendo
gastos de envío en Argentina.
Ficciones
“Las
aguas de Meribá”,
de Tony Ballantyne
Perteneciente
a la novísima generación de escritores de ciencia-ficción, Ballantyne explora una
idea clásica y a la vez novedosa: la relación del hombre con el universo.
Fragmento
—Detente allí.
Lo hizo.
—¿Estás en Complacencia, no es
cierto?
—Sí.
Buddy Joe sintió que un patético
grito crecía en su interior. Primero se habían llevado sus pies, ahora se
llevarían su billetera, o algo peor.
—¿Qué hiciste?
—Violación —dijo—. Pero...
—No quiero escuchar los detalles.
Obedientemente, Buddy Joe cerró la
boca, pero el pánico creció en su interior. Sus zapatos se estaban derritiendo.
—Unos hijos de puta violaron a mi
pareja hace unos dos meses. Lo atraparon solo en un ascensor que subía desde la Segunda Cubierta.
¿Eres de la Segunda
Cubierta?
—Sí, pero...
—No me interesa. ¿Qué pasa si te
dijo que te tires por el borde?
—Por favor, no lo haga.
—Qué
divertido. John también dijo ‘por favor’. Los hijos de puta no lo escucharon.
“1953”, de Alejandro Alonso
Dos figuras
determinantes de la
Argentina del siglo XX en un encuentro que puede afectar el
futuro de toda la humanidad.
Fragmento
Mi más sentido pésame, dice
Perón ni bien se abre la puerta. Acaba de franquear la reja del jardín y ahora
está a cinco pasos de la entrada a la casa. Sabe que no hacen falta
presentaciones ni saludos formales. Caer de improviso y a esa hora de la noche
ya es impertinencia suficiente como para saltearse cualquier formalidad.
La lluvia cae infatigable, minuciosa, como si quisiera barnizar cada
rendija de la casona de Santos Lugares.
Las luces
interiores se encienden. El dueño de casa está en pijamas.
—¿Nos
deja poner la chatita bajo los pinos? —sonríe Perón
con fingida timidez—. Creo que el compañero se va a echar una siestita.
A medias
incrédulo, a medias dormido, Ernesto Sábato asiente. El compañero abre el portón de hierro, y mete la camioneta en una sola
maniobra. Motor y luces se apagan.
—Hágalo
pasar —dice Sábato señalando al de la camioneta. Se aclara la garganta, eleva
un poco la voz por sobre la tormenta—. Puede esperarnos en la cocina.
Perón
levanta la mano y el de la chatita toca un largo bocinazo. A unas cuadras de
allí, un silbato responde y la locomotora se pone en marcha.
—El
compañero está bien donde está —dice Perón. Mira sobre el hombro hasta que el
traqueteo se pierde en la noche—. Gracias por recibirme a esta hora.
“Llevar
lejos”, de Héctor
Horacio Otero
El horror
oculto tras una experiencia compartida.
Fragmento
Cobardemente salí de allí lo más
rápido que pude, dirigiéndome a la estación aturdido por las voces y me subí al
tren que estaba saliendo. Transpirado, me senté junto al gordo Mariano que en
un lenguaje entrecortado me explicó que le habían firmado la libreta por no se
qué desviación que le habían descubierto en la columna. Y luego se largó a
llorar inconsolable. El resto de los pibes bromeaba, aliviado. Contaban que
había un médico con guantes que contaba los testículos palpándolos como si
estuviera en la verdulería apretando la fruta para comprobar si estaba madura.
O cómo les apoyaba los dedos en las ingles y los habían hecho toser
repetidamente o les había pedido que retiraran el prepucio y dejaran el glande
al descubierto (y muchos habían pedido aclaraciones al respecto, porque no
entendían las palabras que usaba).
El gordo Mariano seguía llorando y
yo no entendía porqué. Me contó algo que nunca le había contado a nadie, según
me dijo. Me lo contó como una explosión, aunque en voz muy baja, cuando ya sus
lágrimas se habían agotado. Que cuando tenía quince años golpearon a la puerta
de su casa. Que su mamá estaba enferma y que él abrió la puerta. Que eran
militares, que se la llevaron y que nunca más la volvió a ver. Que robaron todo
y que lo que no se llevaron lo destrozaron. Qué el y su papá se habían tenido
que mudar y ocultar y que tenían miedo y no habían podido hacer nada respecto a
lo ocurrido.
Notas
“John
Wyndham y H. G. Wells”, de Christopher Priest
Fragmento
Las
vidas de estos dos ingleses son por tanto diferentes. El éxito a Wyndham le
llegó al final de la vida; sus libros fueron populares pero no famosos, vivió
tranquila y modestamente. Wells es la personificación del autor de éxito, con
un estilo de vida que encajaba en eso. En cierto sentido sería un ejercicio
erróneo buscar relaciones entre los dos, más allá de algunas coincidencias en
la región o similitud en las ideas de los relatos. De todos modos, es posible
trazar algunos paralelos y creo que son auténticos.
La
manera de comprender esto es a través de la carrera de Wyndham y su punto de
vista sobre lo que él estaba haciendo.
Por
la guerra, Wyndham formó parte del grupo de escritores británicos cuyas
carreras se vieron eclipsadas en aquellos años violentos. Evelyn Waugh, Graham
Greene, Rex Warner, H. E. Bates, Elizabeth Bowen, William Sansom, Eric
Linklater, y varios más... estos escritores debieron interrumpir su obra, o al
menos tuvieron que ver cómo se postergaba la publicación de sus libros. Wyndham
fue uno de los que, en realidad, se vio beneficiado por la interrupción...
aunque a él no le pareciera así en su momento. Una pausa es tan buena como un
cambio, y el material de Wyndham que apareció después de la guerra era
incomparablemente mejor que el que había publicado antes.
Los
relatos que Wyndham vendió antes de la guerra, como Beynon o Beynon Harris, no
estaban particularmente bien realizados, eran propios de su tiempo, y no
ofrecían mucha idea de lo que podría ser capaz de producir más tarde el
escritor. La mayor parte eran historias de aventuras sobre cohetes, rayos de la
muerte, viajes a otros planetas, razas perdidas
viviendo en mundos subterráneos y cosas por el estilo.
Bibliográficas
Cuando los osos descubrieron el
fuego, de Terry
Bisson, por José De Ambrosio
La espada rota, de Poul Anderson, por Luis
Pestarini
La fortaleza de la perla, de Michael Moorcock, por Gonzalo
Carranza
El fuego elemental, de Martha Wells, por Claudio
Barbeito
El libro de los géneros, de Elvio E. Gandolfo, por Damián
Levín
Marta Riquelme. Juan Florido, de Ezequiel Martínez Estrada,
por Damián Levín
Las mentiras de Locke Lamora, de Scott Lynch, por Amelia Gómez
Centurión
Metropol, de Walter Jon Williams, por Claudio
Barbeito
Obras maestras: la mejor
ciencia-ficción del siglo XX, compilado por Orson Scott Card, por Luis Pestarini
Paura 3, compilado por el Colectivo
Xatafi, por Amelia Gómez Centurión
Puente de pájaros, de Barry Hughart, por Amelia
Gómez Centurión
Sueños nuevos por viejos, de Mike Resnick, por Luis
Pestarini
Tanatomanía, de Sergio Parra, por Gustavo
Waitzman
El vídeo Jesús, de Andreas Eschbach, por Sergio
Gaut vel Hartman
Visiones 2006, compilado por Mariano
Villarreal, por Juan Carlos Verrecchia
Para más información escribir a
cuasar@ciudad.com.ar
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