LAS
ISLAS DEL VERANO, DE IAN R. MACLEOD
Contiene:
“Las Islas del Verano”
- Premio Mundial de
Fantasía
- Premio Sidewise
- Nominado Premio
Hugo
- Nominado Premio
Sturgeon
- Nominado Premio
Locus
“Nueva luz sobre la ecuación Drake”
- Nominado Premio
Locus
- Nominado Premio
Sturgeon
“Isabel de la Caída”
- Nominado Premio
Locus
- Nominado British
Science Fiction
- Nominado Premio
Sturgeon
Venta
anticipada: hasta el 10 de enero de 2009: $ 20.-
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librerías: $ 35.-
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Es muy sorprendente que tengamos escritores de una
calidad excepcional que no son promocionados en la medida que merecen. Uno de ellos es Ian
R. MacLeod, un escritor avezado, valiente, con un
profundo conocimiento y comprensión, que puede enseñarnos un par de cosas sobre
cómo escribir un relato malditamente bueno. MacLeod está destinado a
convertirse en un escritor de la magnitud de Dickens o
Tolkien; sin embargo, temo que su obra no será auténticamente apreciada hasta
dentro de una generación.
G. P. Taylor, The Guardian
MacLeod es, tal vez, el
Ray Bradbury británico. Recuerda a Bradbury en su preferencia constante por el
relato corto, en su poética, en sus logrados híbridos entre géneros, en su
profunda comprensión de las incómodas transiciones de la infancia y en las
frustraciones de la adultez burguesa, pero simultáneamente es más incisivo que
Bradbury, capaz de una meditación literaria sostenida, es menos sentimental, y
es mucho más sutil.
Nick Gevers Infinity Plus
En la emotiva y elocuente Las Islas del Verano, una obra
monumental que se eleva por encima de las ya altas pautas de calidad habituales
en MacLeod, somos trasladados a una Gran Bretaña alternativa pero también muy
plausible donde las cosas sucedieron de un modo un poco distinto en los años
turbulentos que siguieron a la Primera
Guerra Mundial, con una mirada potente, compasiva e
inolvidable sobre un hombre que sabe cosas que nadie debería saber.
Gardner Dozois
Ian R. MacLeod (Solihull,
Inglaterra, 1956) pertenece a la generación de escritores ingleses de
ciencia-ficción y fantasía que ha dado nuevo impulso a estos géneros. Publicó
cinco novelas, entre ellas Las edades de
la luz (2003) y The House of Storms (2005),
ambientadas en una Inglaterra del siglo XIX donde funciona cierto tipo
particular de magia, lo que retarda el progreso tecnológico. MacLeod ganó los
premios Locus, World Fantasy y Sidewise, entre otros.
Fragmento de “Las Islas del Verano”:
Las
nubes recorren Oxford, espesas y grises como cemento húmedo. La lluvia se
derrama sobre las colinas bajas de los alrededores y se lleva la esperanza de
lo que había prometido ser otro verano espectacular. En el patio blanqueado de
la cárcel de la ciudad en un amanecer siseante y gris, dos hombres son colgados
por su participación en un intento de robo al correo. En Honduras, el adjetivo Británica, perdido
en la revolución de 1919, es restaurado por un golpe sangriento. Un auto-bomba
en Trasjordania mata a quince soldados alemanes de la Liga de las Naciones. En la India, como siempre, hay
levantamientos y masacres, y yo pierdo las esperanzas mientras trabajo en mi
libro de siquiera poder ofrecer algún sentido a la historia. Parece, citando a
Gibbon, poco más que un registro de crueldades, locuras y desgracias.
En
Bretaña, los judíos siempre fueron escasos en número, y generalmente hemos sido
‘tolerantes’. Antes de la aparición del Modernismo, mi amigo y su familia
probablemente tuvieran poco que temer por la exposición salvo la mierda humana
ocasional metida en su caseta de correo. Después de todo, el judaísmo no es
como la homosexualidad, la locura, la criminalidad, el comunismo, la militancia
irlandesa: no ayuda exactamente el haber nacido con modos desagradablemente
avaros ¿no? Casi como los gitanos, no nos molesta que vivan, pero no aquí, no
con nosotros… En ésta, como en muchas otras áreas, todo lo que hizo el
Modernismo cuando John Arthur llegó al poder fue tomar lo que la gente comentaba
junto a la cerca del jardín y volverlo una política de estado.
Puedo
recordar muy bien los noticieros de Patria
para los Judíos Británicos: probablemente fueron uno de los momentos de definición
en los comienzos de la historia de la Bretaña Más Grande. Allí estaban, los judíos británicos.
Familias enteras y entusiasmadas eran ayudados por Tommis sonrientes cuando
descendían las pasarelas de las naves arrastrando sus maletas hasta los
guijarros de unas remotas islas escocesas que estaban desiertas, salvo por unas
pocas ovejas, desde las evacuaciones de un siglo atrás. Y era difícil no pensar
cuán genuinamente agradable sería volver a empezar en algún lugar así, pintar y
hacer habitables las construcciones grises de aquellas casas de concreto,
aprender los secretos de la cría de ovejas, la cosecha y la pesca.
Han
pasado tantas cosas desde entonces que ha resultado fácil olvidarse de los
judíos. Recuerdo una obra corta de Pathé antes de Blancanieves de Disney en lo que debe haber sido 1939. Por entonces
parecían rústicos y bronceados, sus manos encallecidas por los fríos inviernos
de tejer y construir muros piedra sobre piedra, sus ojos brillantes por el
viento del mar. Desde entonces, nada. Un espacio en blanco, vacío, que encuentro
difícil de llenar incluso en mi imaginación.
Una
mañana mientras los rayos chisporrotean, el agua cae a raudales y la facultad
entera parece moverse y chirriar como un barco tensándose en su amarradero, estoy
aislado todavía en mis habitaciones, enfermo y perdido en el callejón sin
salida de mi libro cuando llega Christlow a las once para hacer la limpieza.
—¿Conoces
a los judíos, Christlow? —gorjeo después de carraspear.
—¿A
los judíos, señor? Sí, señor. Aunque no personalmente.
Hace
una pausa en su limpieza. La situación tiene un aire forzado.
—Me
preguntaba… es para mi libro ¿sabes?... ¿qué le sucedió a las familias mixtas?
En las que un judío estaba casado con un gentil.
—Estoy
seguro de que fueron tratados con comprensión, señor. Aunque por más que lo
intente, no puedo imaginar que hubiera muchas así.
—Por
supuesto —asiento, y me obligo a mirar mi escritorio. Christlow vuelve a su
limpieza, los labios fruncidos en un silencioso silbido entre las sombras de
las ondas de la lluvia mientras levanta las fotos de mi madre, de mi padre y de
un muchacho de pelo oscuro y buen aspecto en la repisa de la chimenea.
—¿Entonces
está todo bien, señor? —pregunta cuando termina,
recogiendo su caja de trapos y ceras—. ¿Está bien si parto ahora?
—Te
agradezco, Christlow. Como siempre —agrego, excesivo por alguna razón, como si
fuera hubiera una lealtad más profunda de uno para el otro—, hiciste un trabajo
espléndido.
Fragmento de “Nueva luz sobre la Ecuación Drake”:
Tom nunca había sido de los que frecuentaban la conversación. En
su juventud tenía esa clase de aspecto natural, no totalmente común, que
realmente no necesitaba mejorarse —lo cual era bueno, porque él nunca se
hubiera molestado en hacerlo ni habría podido pagarlo—, pero era dueño de una
timidez que, cuando hablaba con las chicas, se manifestaba mayormente como un
ambiguo desinterés. Cuanto más bonitas eran, más ambiguo y desinteresado se
volvía Tom. Pero esta mujer o muchacha con la que se encontraba caminando a lo
largo de los canales de la vieja ciudad alguna vez industrial llamada
Birmingham, después de una de esas fiestas en las se suponía que debían
conocerse los nuevos estudiantes de intercambio, era diferente. Por empezar,
era inglesa, lo que a Tom, un norteamericano con pocos viajes en su haber que
residía en estas costas extrañas, le parecía a un tiempo familiar y foráneo.
Todo lo que ella decía, todos sus gestos, tenían un sesgo ligeramente diferente
que a él le parecía raro, intrigante…
Ella lo había llevado por los canales hasta el Reservorio de Gas
Street, cuyas aguas aceitosas brillaban
de petróleo antiguo, de niebla antigua, y luego, por el camino de sirga, hasta
el Centro de Vida Marina, donde criaturas de las profundidades del mar que
parecían salidas de un cuento de Lovecraft abrían las bocas junto al triple
cristal de los tanques presurizados. Después, cruzaron los puentes de hierro de
los Canales de Worcester y Birmingham para ir a un pub. Mientras tomaba un vaso
de vino, Terr le había explicado que una vez, durante una conferencia mundial,
un presidente norteamericano se había sentado en ese mismo pub, sorprendiendo a
los pobladores locales, a beber una pinta de cerveza amarga. La cabellera de
Terr era de un rubio espléndido. Sus ojos, de un verde tormentoso. Al entrar se
había quitado el abrigo de lana, que tenía un cuello alto que rozaba el
exquisito contorno de su garganta y mandíbula, provocando la envidia de Tom.
Debajo, llevaba un vestido azul oscuro, sin mangas, ajustado en las caderas y
en los pequeños senos, que dejaba al descubierto sus bellas piernas. Desde
luego, él también envidiaba al vestido. En el borde del vaso había una borrosa
luna creciente roja, producto del lápiz labial de ella. En aquel entonces, Terr
estudiaba literatura, una materia bastante arcana; por añadidura, había
escogido como especialización la clase de historias sobre el futuro imaginario
que habían sido populares durante décadas, hasta que el presente real, y a
menudo difícil de creer, finalmente produjo su extinción. Tom, que había estado
inmerso en cosas así durante la mayor parte de sus años adolescentes, casi
olvidó la reticencia al recomendarle que leyera a John Varley, de quien ella
jamás había oído hablar, y que evitara el último período de Heinlein, para
luego elaborar una lista de sus preferidos personales, que eran casi todos
escritores de la Edad
de Oro (sí, sí, ella conocía esa frase), como Simak, Van Vogt, Wyndham y
Sheckley. Y también estaban Lafferty y Cordwainer Smith…
Finalmente, sentados en una mesa del salón de arriba de ese bar en
el que quizás se había sentado una vez un presidente norteamericano, mirando el
paisaje del canal por el que navegaban largos barcos de colores desteñidos por
la niebla, con antiguos motores a gasolina, Terr sacó a Tom del tema de la ciencia
ficción, instándolo a que hablara de sí mismo. Más tarde, Tom descubrió que
todo el género de la ciencia-ficción ya estaba comenzando a aburrirla. Y
descubrió que Terr ya había aprobado media docena de cursos y que se había
aburrido de todos ellos. Era lo bastante brillante como para absorber rápidamente
cualquier materia y, mientras tanto, convencer a algún profesor titular nuevo
de que, contrariando todas las evidencias conocidas, ella por fin había
descubierto su verdadera vocación, que era la historia medieval, o los clásicos,
o la economía. Y era rápida —increíblemente rápida, según los parámetros de
Tom— con los idiomas. En cualquier otra época, con eso habría logrado tener una
profesión decente; incluso allí, sentada con su vestido azul en un bar de
Birmingham, Tom podía imaginársela junto a ese presidente norteamericano sin
rostro, susurrándole palabras en el oído. Pero ahora era posible que cualquier
ser humano de inteligencia normal incorporara un idioma desconocido en cuestión
de días. Terapia profunda. Bio-realimentación. Nano-realces. En el mundo real,
esas tecnologías con las que Tom había soñado toda su adolescencia, mientras se
maravillaba recorriendo aquellas polvorientas páginas analógicas, habían estado
creciendo a ritmo exponencial.
Pero Terr revoloteaba de entusiasmo en entusiasmo, de flor en
flor, bebiendo su néctar, para luego extender las alas una vez más y volar
hacia otro objeto de interés. Y también hacia otra gente. Terr también aplicaba
el mismo criterio, increíble de soportar, con todos los que conocía —o como
mínimo con los que le interesaban—, comprendiendo, absorbiendo, incorporando
todo.
Ahora mismo lo estaba haciendo, decidió Tom, tantos años después, mientras
estaban sentados frente a la cabaña, sobre esa montaña francesa iluminada por
las estrellas. Esta Terr, que cambiaba y no cambiaba bajo el suave baño de luz
de la vela, del otro lado de la mesa maltrecha, lo estaba leyendo como si fuera
un libro. Cada palabra, cada gesto, el hecho de que esta botella de vino, por
buena que fuese, no le alcanzaría para sobrellevar el resto de la noche. Ella
percibía las mareas del mundo que lo habían traído hasta aquí, con todas sus
esperanzas todavía intactas, como las de Noé en el Arca, y que luego se habían
retirado para dejarlo plantado, encallado, seco y a la vez ahogándose.
—¿En qué estás pensando?
Tom se encogió de hombros. Pero, por una vez, la verdad parecía
fácil.
—En ese pub al que me llevaste la primera vez que nos vimos.
—¿Te refieres al Malt
House?
Terr era brillante, rápida. Aún hoy. Claro que lo recordaba.
—Y tú no parabas de hablar de ciencia-ficción —agregó.
—¿De veras? Supongo que fue así…
—En realidad no, Tom, pero yo había asistido a toda una maldita clase
sobre el tema esa misma mañana y decidí que había tenido suficiente… de
cualquier clase de ficción. Me di cuenta de que quería algo que fuera fabuloso,
pero real.
—Es mucho pedir, desde siempre… —Terr era tan adorable en aquellos
días. Ese abrigo azul, la forma de sus labios sobre el vaso de vino del que
había bebido. Esos ojos verdes tormentosos. Fabulosa, pero real. Pero ocurría
lo mismo que con la pareja que él había observado esa mañana. ¿Qué había visto
Terr en él?
—Pero cuando me contaste que planeabas demostrar que había otras
vidas inteligentes en el universo, Tom, así como al pasar… No sé por qué, pero
me sonó maravilloso. Tu sueño, y la manera en que podías hablar de él con tanta
despreocupación…
Tom apretó el vaso un poco más fuerte y bebió lo último que
quedaba. Su sueño. Sintió lo que se avecinaba, la siguiente pregunta obvia.
—¿Alguna vez ocurrió? —ahora preguntaba
Terr—. ¿Alguna vez encontraste a los hombrecitos verdes, Tom? Aunque supongo
que me habría enterado. ¿Recuerdas que prometiste contármelo? O por lo menos te
habrías motivado para postear la noticia en ese viejo sitio web que tienes. —Rió entrecortadamente con su voz cambiada,
arrastrando levemente las palabras. Pero Tom recordaba que Terr podía
emborracharse con medio vaso de vino. Podía emborracharse con nada. Con
cualquier cosa—. Perdona, Tom. Es tu vida, ¿verdad? ¿Y qué diablos puedo saber yo?
Es una de las cosas que siempre me gustaron de ti, tu capacidad para soñar de
manera práctica. Me encantaba…
¿Me encantaba? ¿Había
dicho eso? ¿O era otro blip, otro
dato vagabundo?
—O sea que tienes que contármelo, Tom. ¿Cómo va eso? Después de
que me tomé el trabajo de llegar hasta aquí. Tú y tu sueño.
La vela se estaba encogiendo. Las estrellas derramaban su luz
sobre él. Y el vino no le alcanzaba, necesitaba ajenjo, pero su sueño… ¿Y por
dónde empezar? ¿Por dónde empezar?
—¿Te acuerdas de la Ecuación de Drake? —preguntó.
—Si, me acuerdo —dijo Terr—. Me acuerdo de la Ecuación de Drake.
Me dijiste todo lo que había que decir sobre la Ecuación de Drake
ese primer día, mientras caminábamos hacia el pub… —Inclinó la cabeza a un
costado, estudiando el resplandor de Aries en el oeste, como si tratara de
recordar las palabras de alguna canción que alguna vez hubieran compartido—.
Ahora bien, ¿cómo resultaron las cosas exactamente?
Hasta ese momento, a Tom nada de todo esto le había parecido
totalmente real. Esta noche y Terr allí presente. Mientras la vela vacilaba, le
seguía pareciendo que ella se retorcía y cambiaba; con cada veloz pulsación de
la llama, la Terr
que él recordaba se transformaba en la
Terr de ahora. Pero la Ecuación de Drake… con eso, Tom Kelly se sentía
en terreno firme. ¿Y cómo habían
resultado las cosas, al final?
Ian R. MacLeod: una presentación, por Luis Pestarini
En las
últimas dos décadas, en la literatura de ciencia-ficción y fantasía se han dado
dos procesos paralelos y complementarios. Por un lado, se aproximó a la llamada
literatura general, que es aquella literatura que no puede ser condicionada con
el rótulo de un género, sea éste cual fuese, y que por eso mismo adquiere una
legitimación que le otorga cierta seriedad,
y se apropia de algunos atributos que no le eran naturalmente propios, como la
consciencia estética. Algunas voces alarmadas señalaron que, de seguir este
proceso, la ciencia-ficción y la fantasía iban a ser absorbidas por la
literatura general, pero, como veremos más adelante, lo que realmente sucedió
fue que se enriqueció su producción. El otro proceso que se dio fue el
entrecruzamiento de géneros: los bordes entre la ciencia-ficción, el terror, el
policial, la fantasía o el thriller se desvanecieron, creándose zonas
intermedias donde se mueven muchos autores con elegancia y creatividad,
renovando la literatura del cambio de siglo. Para ellos no hay límites que
condiciones la literatura, pueden recurrir a los íconos y los códigos de los
distintos géneros sin prejuicios. Algunos nombres: China Miéville, Walter
Mosley, Jeff Vandermeer y el autor que
de este volumen, Ian R. MacLeod.
De los mencionados, MacLeod es el más versátil,
quien puede escribir tanto un relato de características clásicas en cuanto a
las convenciones de los géneros, así como cruzarlos en híbridos deslumbrantes
como sucede en sus novelas Las eras de la
luz y The House of Storms, donde
es imposible decir —si hiciera falta— si estamos ante libros de
ciencia-ficción, fantasía o terror.
Los tres relatos que presentamos en este libro muestran al
autor abordando motivos clásicos de la ciencia-ficción —los universos
paralelos, el contacto con otras inteligencias, el futuro distante— de un modo
original, incisivo y renovador. Es tal la versatilidad de MacLeod que las tres
historias de este volumen podrían haber sido escritas por tres autores
distintos. Una de ellas está ambientada en un mundo alternativo al nuestro,
donde los Aliados perdieron la
I Guerra Mundial y un gobierno autoritario, parecido al
nazismo pero inglés hasta la médula, asume el poder en Gran Bretaña tras una
crisis social y moral y la consiguiente humillación nacional. Otra de las
historias está ambientada en un futuro cercano, en el cual la nanotecnología
permite no sólo la alteración anatómica de los humanos sino también la de su
capacidad cognitiva; el protagonista, a costa de su propia vida, lleva adelante
un viejo sueño de la humanidad. Y el último de los relatos sucede en un escenario
distante en el futuro, en el universo de los Diez Mil y Un Mundos, con una
geografía y una sociedad muy distintas de la nuestra.
Pero en esta diversidad hay dos ejes
trasversales que unen los tres relatos y, en mayor o menor medida, gran parte
de la obra de MacLeod. Por un lado está su prosa, una de las más ricas y
maduras que ha dado la ciencia-ficción en los últimos veinte años, capaz de ir
construyendo un mundo denso y oscuro pero a la vez extrañamente esperanzador,
con claridad extrema y riqueza metafórica. El otro esquema que se repite en
estos relatos, con variaciones, es la cuestión del individuo como fuerza que
mueve la historia, un individuo que no tiene una consciencia clara de que sus
actos cambian o pueden cambiar el devenir de una manera inesperada. Esto es, a
la vez, una meditación sobre el mismo sentido de la historia, claramente
explicitada en el primero de los relatos aquí presentados, y que aparece
también como posibles lecturas en los otros dos.
Y justamente esta, la posibilidad de
poder leer las historias de distintas maneras, es una virtud infrecuente en la
literatura de ciencia-ficción. Porque en “Las Islas del Verano” podemos seguir
la historia como una intriga pero también, como ya señalamos, como una
meditación sobre la historia, como una especulación contrafáctica, como un
retrato de un personaje complejo e, incluso, se puede hacer una lectura
política sobre el auge de los regímenes autoritarios y las complicidades
sociales.
MacLeod publicó su primer cuento,
“Through”, en la revista inglesa Interzone
en 1989, y ya con el segundo, “1/72nd Scale”, un relato de terror
claustrofóbico apropiadamente publicado en Weird
Tales, fue finalista del premio Nebula. Pasarían algunos años y unos
cuantos relatos —entre los mejores, “The Giving Mouth” (1991), “Snodgrass”
(1992) y “Starship Day” (1995)— antes de la
publicación de su primera novela, The
Great Wheel, en 1997. Ésta se desarrolla en un mundo radicalmente distinto
al nuestro, siglo y medio en el futuro, afectado por un brutal cambio climático
que ha hecho inhabitables varias regiones del globo, entre ellas toda América.
Las religiones han desaparecido salvo una versión del cristianismo. El
protagonista es un inglés, el padre John, cuya fe está en crisis y que conduce
una parroquia en el norte de África, de donde ha desaparecido el Islam. En este
marco, el protagonista descubre que muchos miembros de su comunidad están
muriendo por una extraña forma de leucemia probablemente provocada por una hoja
mascada como opiáceo. El sacerdote se decide a investigar, iniciando un
recorrido que incluirá caer bajo el poder de la droga y una toma de consciencia
al descubrir en qué se basa el gran desarrollo biotecnológico de Europa. The Great Wheel obtuvo el premio Locus a
la mejor novela de un autor novel.
La segunda novela de MacLeod, The Light Ages (2003), publicada en
español como Las edades de la luz,
presenta un universo alternativo brillantemente construido. Transcurre en una
Inglaterra del siglo XIX profundamente distinta a la de nuestro pasado a partir
del descubrimiento del éter en el siglo XVII, una sustancia que se extrae de
yacimientos y que es una fuente de energía más poderosa que el petróleo. La
sociedad ha experimentado un cambio profundo y es regida por un sistema de
gremios, grupos de artesanos especialistas en distintas actividades con
complejos sistemas de promociones y ceremoniales. La novela, contada desde el
punto de vista de Robert Burrows, un adolescente en pleno proceso de
crecimiento y descubrimiento del mundo, está muy atenta al detalle,
describiendo una sociedad que rinde tributo constante a Dickens. Denso, rico, a
veces árido pero siempre satisfactorio, Las
eras de la luz es un libro único, que cruza con éxito la narrativa
contemporánea de géneros con la literatura social inglesa decimonónica.
Volvemos a este universo en la
siguiente novela de MacLeod, The House of
Storms, en 2005. Esta vez la historia está ambientada unos cien años en el
futuro de Las edades de la luz,
cuando el éter comienza a agotarse y es reemplazado por la electricidad (la
novela originalmente se iba llamar justamente Electricity). El mundo está inmerso en tensiones vinculadas al
progreso, Inglaterra es una sociedad fuertemente oligárquica dominada por los
gremios, entre los cuales el de los telegrafistas es el más poderoso. La novela
es protagonizada por una madre autoritaria y cruel, que no vacila en asesinar a
quién se interponga en sus objetivos, pero completamente desesperada por encontrar
una cura para su hijo, enfermo de tuberculosis. Las tensiones sociales
concluyen en una guerra civil. La novela no es, como la anterior, un retrato de
un mundo socialmente injusto, sino una mirada profunda sobre las personas y sus
motivaciones.
También en 2005 MacLeod publicó la
novela The Summer Isles, una versión
extensa del relato que presentamos en este libro. En rigor, la novela es
anterior la versión más breve, pero MacLeod no pudo encontrar editor, de manera
que prefirió acortarla y publicarla como novela corta. Curiosamente, es la
única obra en ganar un mismo premio, el Sidewise, en
dos categorías: formato largo y formato corto. Recordemos que este premio es
concedido anualmente por un jurado internacional a las mejores obras de
historia alternativa.
La última novela de MacLeod es Song of Time, publicada en 2008. Ambientada
a comienzos del siglo XXII, es el relato autobiográfico de una violinista
famosa que agoniza. Recuerda su vida porque le han implantado un dispositivo
que registra sus recuerdos y sentimientos para conservarlos en un entorno
virtual una vez que su carne muera. El modo de relatar provoca la extraña
sensación de estar leyendo una novela histórica ambientada en el futuro.
MacLeod se toma muy en serio la tarea de construir un futuro consistente, tanto
desde el punto de vista tecnológico como desde el cultural, pero esto no sirve
más que como trasfondo para una meditación sobre el devenir y sobre el sentido
que le damos a nuestras vidas.
La obra de este inglés nacido en 1956
en las cercanías de Birmingham no es muy extensa: cinco novelas y unos cuantos
cuentos en casi dos décadas. Pero lentamente y sin golpes de efecto, ha llegado
a ser considerada como una de las más originales y estilísticamente más completas
de la literatura inglesa actual. Su prosa, sutil y luminosa, puede encerrar
toques de humor y tragedia en un mismo párrafo sin que se manifiesten
tensiones. Pero más allá de estos talentos, muchas veces valorados más por la
crítica y los escritores, yace una profunda comprensión del ser humano,
manifestada a través de sus personajes, trazando una relación intensa y emotiva
aunque cuidadosamente contenida que envuelve al lector sin que éste lo
advierta. Los tres relatos de este libro son un ejemplo de cómo la literatura
fantástica, y en estos casos la ciencia-ficción en particular, pueden hablarnos
de muchas cosas más que de futuros distantes y viajes espaciales.
Venta
anticipada: hasta el 10 de enero de 2009: $ 20.-
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y resto de Europa, con envío incluido: 10 €
Pedidos: cuasar@ciudad.com.ar